jueves, 7 de abril de 2011

La edad de la música


Tiempo de rock & roll. Mucha guitarra eléctrica suena en los últimos sumarios de la información deportiva, en parte gracias a las abultadas victorias de Barcelona y Real Madrid en los cuartos de final de la Champions, y sobre todo por el ansia de grandes acontecimientos que genera el casi realizado sueño húmedo de todo futbolero de estos lares, sea cañí o posmoderno: cuatro clásicos en un mesecito.

Entretanto, el fútbol sigue con otras historias menos mastodónticas que merecen, tanto o más, una banda sonora memorable. Les llaman viejos rockeros, pero tocan todos los palos. Son los músicos del fútbol, jugadores instintivos que podrían pasar una eternidad en la cancha porque, como Robert Johnson con su guitarra, se naturalizan al ritmo del balón.

-Uno: Lo retro no está reñido con el mainstream. No hay que abandonar la Champions League para encontrar dos temas que suenan en las listas y copan las primeras páginas de los tabloides. Sólo hay que olvidar a culés y merengues y girar la cabeza al otro lado del cuadro para encontrarse con dos ironmen que se aferran al alarido futbolístico y todavía generan himnos en su honor. Raúl González y Ryan Giggs.

El galés, que en su día llenó hemerotecas con vídeos de sus eléctricos correteos por la banda a golpe de britpop, ha dibujado con inteligencia un trayecto alternativo que le coloca como un extraño fenómeno indie: el otrora mejor extremo del mundo ha cambiado la velocidad por la pausa y la exquisitez, erigiéndose, a sus 37 años, en un tardío mutante que aporta algo que casi no queda en Europa, el trequartista genial pero aplicado que reúne el desparpajo de Le Tissier con esa británica aura de líder de Platt o Ince. Eso sí, no se le olvidan sus orígenes, y anteayer se arrancó con tema de los mejores tiempos de Oasis. Sir Ryan Giggs retomó la banda izquierda y enfiló un breve solo de guitarra para pasar los segundos de gloria a la tabernera estrella de hoy, Wayne Rooney.



El español podría hacer un cover de una canción de la extinta banda de los Gallagher, pero el 7 nunca mira atrás con rencor, simplemente avanza. Lo de Raúl González en el Madrid sonaba ya a antiguo. A las nuevas generaciones, sus estrofas épicas le parecían un aburrido cantar de gesta. La immensa filia que sentía por su banda pudo menos que la pulsión por tocar un instrumento que se le negaba, y se marchó a un club extraño. Todo, incluso la emigración a Alemania y el nombre numérico de su nuevo club, quedaba tan fuera de lugar que a los que no se les cayó el mito del héroe estoico, les entró la misma risa que en un filme de Alfredo Landa.

Pero sus estribillos, siendo los mismos que siempre, han terminado por conquistar al pueblo alemán. Los teutones, que llenan los campos en busca de un poco de desorden para sus vidas, han caído en el embrujo del hexadecasílabo del 7. Su inicio catastrófico, perdiéndolo todo en la vitalista Bundesliga, ayudó a la larga a acrecentar la leyenda del jugador.

Siguió tocando su canción monorrítmica en los infiernos, y de su particular concierto de San Quentin terminó pasando a su familiar melodía de la Champions League, donde el martes culminaba la conquista de una de las plazas más míticas del planeta Fútbol, con gol incluido.

Tras haber tumbado al vigente campeón, al castizo ídolo le quedaba el sabor agridulce de ver como el periódico que un día lo idolatró obviaba a base de cacofonías su última hazaña. Todo por poner en portada a ese reggaeman sin rastas que ocupaba ahora ese puesto de tercer delantero que él consideró indigno. Por negarse a ser telonero, lo habían pasado a un segundo plano. Habían afeado su gesta y, una vez más, el señorío de su ex equipo con un ansioso y desagradable sobrenombre: "El equipazo de Manolazo"



-Dos: Violinistas, pianistas y demás tipos con arte. Robert Pires, Juan Carlos Valerón y Alessandro Del Piero.

El francés vuelve a sonar después de sobrar en el mercado estival. Lo rescató su compatriota y amigo Gerard Houllier a mitad de temporada para un Aston Villa decrépito. Todos lo criticaron hasta que salió al campo, doblando la edad de los más jóvenes del lugar. Sacó su Stradivarius y emmudeció a un estadio al que se le había olvidado lo que era una balada. Monsieur Pires difícilimente aupará a su equipo hasta las listas de éxitos, pero un cadencial regate suyo es un regalo para los aficionados.




El canario regresa cada seis meses de su cueva de lesiones para repartir selectas reminiscencias de lo que fue el Depor hace años. Nada de rock gallego ni de ritmo canario, lo suyo fluye con la delicadeza de una bossanova. Valerón arroja luz al erial futbolístico en que se ha convertido Riazor en los últimos tiempos



El italiano es el último maldito de verdad del fútbol italiano. Con un sospechoso parecido a Bruce Springsteen que crece a medida que pasan los años, el educado Pinturicchio, Alex Del Piero, ha puesto sus lienzos al servicio de una Juventus que se apaga todos los cursos y que utiliza a su mejor goleador de siempre como rehén, para mantener una identidad histórica en cada tiro libre que ejecuta. Sus faltas, como sus controles, son un vals tan único que sólo pueden contribuir a la nostalgia de un Delle Alpi cada día más vacío.




-Tres: Su noche triste. Pareciera que la velocidad de la arena del tiempo en Argentina va al arrastre del discontinuo achaque del bandoneón. El ritmo desacompasado del otro lado del charco frena su fútbol pero eterniza a los pocos que emergen con brío.

La noche es de Boca Juniors, patrimonio nacional apocado como nunca en el que el pequeño Mozart se ha hecho tan mayor que ya ni lo convocan. Riquelme, el único futbolista del mundo que podría orquestar un tango, el Piazzolla del balompié, ha convertido su proceder dadivoso en dejadez tras ver que nadie en la institución que él personaliza años puede tirarle un desmarque que le devuelva a la vida, que le dé utilidad. Uno se lo imagina en su casa, agitando la batuta contra la pared, o bailando un tango solo, rígido, con la mano izquierda en el aire.

Los bosteros se agarran entonces al que no se rinde ni aunque se equivoque. A veces tan incomprensibles en el reparto de apodos, no podría ser más preciso llamarlo Titán, a Martín Palermo. El más eterno de los rematadores ha sido el triste termómetro del enfriado fútbol argentino en los últimos años: si él seguía marcando, la cosa iba mal.

El cambalache del deporte del país ha dado alas a su carrera hasta que la naturaleza lo ha frenado. En una tierra donde las viejas glorias como los Cadillacs, la Bersuit o Charly García son intocables aunque enloquezcan, todo llega a un límite. Ya hasta los compañeros de Palermo hacen apuestas para su retirada. Su competidor, Viatri, de 24 años, le ha dado un par de meses al aguerrido atacante. Y Palermo ya ha contestado, con la visceralidad porteña que le impide razonar su retiro. Consciente de que sólo le funciona el coco y la motivación, ha insinuado que se prepara para dirigir y, de paso, se ha postulado para reflotar a Boca casi sin decirlo. Pero, en una respuesta de más de tres minutos en rueda de prensa, ha terminado confesando el problema: le cuesta despegarse de su criolla, del balón. No sería natural.



Uno se imagina a los siete como una especie de Travelling Willburys, dando tumbos por el mundo en un equipo para repartir taconazos y pases al hueco, sobrellevando la fatiga con algo de arte y oficio, e incluso sonando a veces con brillo, por más áspero y dylaniano que resulte Riquelme; por más meloso, por más Orbison que parezca Valerón; por más secundario que parezca el George Harrison del grupo, Pires.

Aunque la mayoría ya no puede competir y corre el permanente riesgo de desafinar, estos veteranos han adquirido el valor de un exiguo perfume. Todos han superado holgadamente los 27 años, y la treintena, señal de que ni siquiera han pactado con el diablo. Han llegado por méritos propios a esa etapa en la que ya sólo importa sentirse realizado. Dar un pase, tocar un blues. Quedan lejos ya las estridencias, nos regalan destellos de experiencia en sus prolongadas jam sessions. Viven la edad de la música.

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