Dennis Bergkamp es conocido por la inigualable clase con la que merodeaba el área rival, pero también por su aerofobia. Es el estigma de un jugador preciosista y efectivo a partes iguales que arañó el cielo en varias ocasiones pero siempre se quedó a un peldaño de llegar al Olimpo balompédico.
Dennis Bergkamp fue el abanderado de una generación presionada como pocas. Los sucesores de Van Basten, Gullit, Rijkaard y Koeman tenían la responsabilidad de regenerar los éxitos de la última
naranja mecánica del siglo XX -la de la Eurocopa del 88-. El sueño de ese diminuto país era el de volver a ganar para crear de una vez por todas una dinastía que la suerte siempre le negaba. Por si seguir los pasos de aquel podio del Balón de Oro tulipán o del líbero más goleador de siempre no era suficiente, a Bergkamp se le requería ser el nuevo adalid futbolístico de un país acostumbrado a ir detrás de un líder de sangre caliente. Los Países Bajos tenían el hábito de la garra de Neeskens, el carisma de Krol, la rebeldía sobre el césped de Gullit, la altivez del genial
holandés volador. Además, los técnicos más míticos eran fieras de calibre. Rinus Michels, primer gran inventor del prestigio holandés, volvía a quedar cerca tras dirigir a los campeones de Europa. Tras el padre del fútbol en el país, llegaba un mesiánico Cruyff, que se resarcía de su fallido asalto al cetro mundial del fútbol como jugador convertido en el gurú absoluto de los banquillos. Holanda venía de tener a los defensas más exquisitos, a los centrocampistas más totales, a los dos mejores delanteros europeos de la historia y a dos de los grandes revolucionarios del fútbol mundial desde el banco.
Pero el atacante era distinto. Su carisma no se hallaba en los gestos airados y en las palabras fuera de tono, y aunque buen líder en el césped y en el vestuario, su
tempo era distinto al que emergía en el panorama futbolístico, cada vez más físico y también más mediatizado, ya convertido en religión. A finales de los 80, el aficionado soñaba con aguerridos héroes que se dejaran la piel en el campo, y los jugadores comenzaban a ser multimillonarios exprés acostumbrados a ver el mundo desde el punto de vista de los gigantes. A Bergkamp, sin embargo, le gustaban los pases medidos, las elegantes fintas de cuerpo y las vaselinas. Cuando marcaba, no miraba a las cámaras, y cuando el partido terminaba, se iba a casa sin ofrecer grandes declaraciones. Johan Cruyff lo conoció cuando goleaba con la cantera
ajacied, y aseguró que sorprendía su precoz frialdad y su profesionalidad, pero que tan solo era el segundo mejor en cada aspecto.
El Flaco lo hizo debutar cuando entrenaba al Ajax de Ámsterdam en el 86, en el momento en que Marco Van Basten apuraba sus días como gran referente -4 títulos de máximo goleador consecutivos incluidos- de un equipo de altos vuelos que, a pesar de ello, se sometía a una era marcada por los triunfos del PSV. Bergkamp cogió el testigo de su predecesor en la punta de ataque del equipo de mayor prestigio de Holanda y no decepcionó. Aunque no vivió el brillo del único gran título de su selección, se destapó como el mejor delantero de la Eredivisie en los albores de los noventa, con el permiso de un tal Romario. Parecía que empezaba una carrera llamada a arrasar con todo, pero también se intuían las primeras paradojas: Bergkamp acumuló tres títulos de máximo goleador de la competición, pero no fue en esas temporadas sino en el año anterior a ellas cuando logró ganar la liga. Conquistó la Recopa, la UEFA y una Copa de Holanda, y se erigió como el líder absoluto de un equipo al que sólo le faltaban un par de puertos complicados para llegar a la cumbre del fútbol mundial. Pero con poco ya por conseguir, en 1993, tomó una decisión que le marcaría la carrera.
Los cantos de sirena llegaban, no en vano, al triple
pichichi holandés. Tres de las cuatro grandes economías europeas del momento, Real Madrid, Barcelona e Inter, pretendían a Bergkamp. Las infladas arcas de los equipos italianos y la vitola de la Serie A como competición más constelada del momento ponían por delante a un Inter que pretendía desbancar a su vecino y archirrival con otros tulipanes antagónicos y de nueva generación, ya cansado de no hacer historia con los alemanes Matthaus, Klinsmann, Brehme o Sammer. El Real Madrid tenía una pretensión similar pero no tanto poder económico, y el Barcelona contaba con tres
pluses. El primero, su retomado hábito de pescar los nuevos talentos de Holanda, tras fichar a Koeman o Witschgue. El segundo, el
Dream Team que formaba y que, tras unos años de exhibición, resucitaba el
Fútbol Total y por fin discutía el poderío del AC Milan como equipo más redondo de los últimos años. El tercero lo encontramos en la figura responsable de todo: Johan Cruyff, personalidad balompédica con mayor influencia, prestigio y genio del momento en su país y en España. Y por si fuera poco, padre futbolístico de aquel Bergkamp que ya no parecía ser solamente el segundo mejor en todo. Pero no había tanto dinero.
Nadie le preguntó a Cruyff si todavía veía a Bergkamp como un segundón en julio del 93, cuando el atacante anunció que finalmente ponía rumbo a Italia. El entrenador holandés, que se quedaba sin el sueño de multiplicar exponencialmente la clase de Laudrup con un finalizador más fino y menos explosivo que Stoichkov, sabía que aquello que dijo ya no era cierto, pero probablemente no hubiera rectificado. No encajó bien el desenlace del culebrón, durante el que se había reído del interés del Madrid -"no sé qué iría a hacer allí"- y había mostrado confianza en que su ahijado, de infinito gusto por el buen fútbol, renunciara a esos montones de liras de dudosa procedencia para disfrutar de su profesión. Incluso en el apartado económico, parecía que el Barcelona estaba dispuesto a hacer un esfuerzo normalmente fuera de su alcance, rondando los 10 millones de dólares. En las redacciones todavía se recuerda la delirante propuesta de un directivo culé de vender la sección de baloncesto para fichar al tulipán. Pero se fue al Inter, que puso 14 millones por él y Jonk, y Cruyff lamentó que
su Dennis hubiera "puesto por delante el dinero al fútbol".
El caso es que a Bergkamp no le fue tan bien en Italia. Al Barcelona, a nivel de espectáculo, sí le fue bien. La alternativa al delantero holandés existía. De hecho, era la otra gran figura de la Eredivisie, el genio del enemigo del Ajax, del PSV. Los de Eihndoven aceptaron los 10 millones por Romario y el brasileño construyó un mito en poco más de un año. A pesar de que el Inter ganó la UEFA, Bergkamp perdía balones y se mostraba rígido en el terreno de juego, mientras Romario cascaba 30 goles con parábolas caprichosas, congelaciones de tiempo y fintas infernales en Can Barça. Todo ello, después de apostar su cifra goleadora y con el envoltorio de jugador mágico, capaz de perforar la red tres veces en diez minutos tras no haber entrenado en una semana. En Barcelona, muchos se rieron de la frialdad deBergkamp y se felicitaron por la contratación de
O Baixinho, que ilusionaba a los niños y a los
filósofos del fútbol. Incluso algunos apuntan que aquel desenlace predispuso a la cultura culé a favor de los Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho, que tantas tardes de gloria han dado a la parroquia azulgrana. Fue, seguramente, el gran error de Bergkamp, que perdió su capacidad goleadora y pareció quedarse en uno de esos emigrantes de la liga holandesa que pierden su poder fuera de ella. Por si fuera poco, su aerofobia empezó a publicitarse en Italia, donde entre Milán y Nápoles o Roma ni hay la misma tensión ni la misma distancia que entre Vitesse y Amsterdam.
Pero su película dio un nuevo giro. Tras perder algo de valor en el mercado -sólo algo; sus actuaciones con la selección eran como volver a casa: nostálgicas, delicadas y efectivas-, el ya consolidado Arsenal lo fichó en 1995. A día de hoy, el Bergkamp que se recuerda es muy distinto al descrito hasta ahora en esta pieza, y generalmente se asocia con la figura del artesano Arsène Wenger. Pero no hay que pasar por alto que no fue el francés quien apostó por él cuando pocos lo veían como un jugador
Top. El visionario fue Bruce Rich, que buscaba una pareja que formara como cierto contrapunto del héroe de la afición, una versión del nuevo delantero inglés, eminentemente potente y explosivo, encarnada en Ian Wright.
Aunque en su primera etapa la sensación era que Bergkamp solo era una pieza distinta del puzzle
gunner que sólo dejaba ciertos destellos exóticos a los ojos de los cuadriculados ingleses, el holandés logró aclimatarse al equipo. Y ahí, cuando empezaba a cuajar, llegó el padre Arsène. Un ecléctico entrenador francés con cierto aire a Leonard Cohen, espigado, calmado, con un acento bizarro y unos mensajes arriesgados para el fútbol de la Premier y del Arsenal. Un tipo que, tras entrenar en el dorado Montecarlo a un Mónaco emergente y rechazar una jugosa oferta presentada nada más y nada menos que por Franz Beckenbauer, se marchó a Japón a aprender sobre fútbol. Bergkamp fue la excusa y el instrumento perfecto del alsaciano para empezar a desarrollar una identidad que evolucionaba el
passing ball del Liverpool de Daglish y compañía a una nueva dimensión.
Es cierto que Bergkamp nunca volvió a ser el
killer que fue en Holanda, pero Wenger le dio un mejor uso. Dennis Bergkamp, con el 10 a la espalda, fue puliendo su labor como segundo punta para convertirse en un delantero único:
extraño playmaker absoluto de la formación, actuaba a tan sólo 20 o 25 metros de la portería como mucho, y
la prioridad era dar fluidez, los últimos pases, permitir desmarques y colocarse entre líneas para inutilizar a los centrales. Bergkamp se convirtió en el centro de gravedad de un equipo que, en consecuencia, juntó sus líneas adelantando la defensa, esculpió una medular fuerte, técnica y de recorrido -Vieira, Petit y compañía-, se procuró delicadeza, llegada y fluidez en los tres cuartos de cancha -de Pires, Wiltord y Ljungberg a Nasri o Arshavin, los ejemplos son incontables- y siguió utilizando al estilete más ágil posible para finalizar. Wenger colocaba al organizador de segundo punta, o al segundo punta de organizador. Una de las decisiones más valientes y aplaudidas de los últimos años en el mundo del fútbol.
Y Bergkamp renació en Highbury. Su famoso miedo a volar no importaba en aquel club que se había convertido, de la mano de Wenger, en un taller manufacturero, y nadie le reprochaba al holandés que hubiera incluido en su contrato una cláusula por la cual nadie podía obligarlo a subir a un avión. A cambio, los sacrificios del delantero por dar ejemplo le llevaron a trasladarse a los campos visitantes hasta dos días antes que sus compañeros por carretera, en especial en partidos de competición europea, para los que cruzó el continente sin ningún reparo. En todos aquellos años, dejó incontables detalles, 3 títulos de la Premier League -incluida la de
The Invincibles, ese Arsenal que no perdió ningún partido en toda la competición-, 4 de la Community Shield y 4 de la FA Cup. Ya veterano, se convirtió en el mentor de todos los baluartes ofensivos que iban llegando al equipo. Su estilo ayudó a Wright, y a partir de ahí, influyó en el primer Anelka, en Henry, en Cesc y hasta en algunos que todavía jugaban en las categorías primavera. El último, en palabras de Wenger, fue Jack Wilshere, de quien previó que debe "tomar el papel que hacía Bergkamp en el equipo en los próximo años" -les prometo una próxima entrada sobre este brutal talento, aprovechando la percha que me ofrece ese excelente partido que hizo contra el Barcelona hace tan sólo unos días-.
Pero Cruyff nunca dejó de tener cierta razón. Bergkamp llevó la 10, y siempre fue
el jugador de postín, el regalo para la afición. Pero en todo momento dejó el estrellato para otros. Las celebraciones y los goles eran de Henry, la capitanía, de Seaman, Adams o Vieira. Él no hablaba demasiado, se mantenía en la sombra, donde lideraba con paladar de sibarita a los
gunners. A nivel mundial, le ocurrió algo similar: en sus años más brillantes -en los previos al traspaso al Inter-, fue escogido tercer y segundo mejor jugador del mundo -92 y 93- y a finales de los 90, ya en el Arsenal, compartió con Zidane el escalón más bajo del podio del FIFA World Player -posición que también ocupó en el 93 tras Romario, el hombre con el que cruzó destino-.
Nunca falló en ninguna gran cita, pero se quedó a las puertas de ganarla siempre. En el mundial 94, Brasil había cortado la exhibición holandesa que lideraba Bergkamp, y en el 98 se repitió el desenlace. Ya en semifinales, el todopoderoso Brasil de Ronaldo empató con Holanda. En los penales, Bergkamp anotó el segundo gol, resistiéndose a convertir la ansiada final en un mediáticamente esperado Francia - Brasil, en un Adidas - Nike, en un Zidane - Ronaldo. Al fin y al cabo, él era tan bueno, según la FIFA, como Zidane. De poco sirvió su temple a la hora de convertir: el segundo mejor goleador del Mundial se despedía cabizbajo tras los fallos de Cocu y Ronald De Boer, dos jugadores a los que el destino sí les llevó a Barcelona -donde ganaron menos títulos que nuestro protagonista en Londres-.
Para la memoria quedaba uno de los momentos de esa edición de la Copa del Mundo: Bergkamp controlando el balón y haciéndolo botar contra el suelo, con la mirada y la cadera de Ayala descubriendo la portería argentina. Bergkamp armando la pierna derecha, golpeando con el exterior, en aquel minuto 89 de los cuartos de final. Bergkamp celebrándolo con incredulidad, o quizás con vergüenza, tapándose los ojos.
En 1998 fue el tercer mejor delantero del mundial, según la organización, tras Suker y Ronaldo. Aquel año, por fin la Premier galardonaba la exquisitez, otorgándole dos premios del mes y el de mejor jugador de la edición, en la que lideró al Arsenal hacia el campeonato. Fue el último gran triunfo individual de un holandés que, sin embargo, alargó su carrera de una manera increible a pesar de los cansinos traslados hacia los campos rivales y de su condición atlética, más dotada para lo técnico que para lo físico. Y no lo hizo de cualquier manera: fue el jugador del mes en alguna ocasión en 2002 y en 2004, ediciones en que logró sus otros títulos ligueros con el Arsenal. Contaba 33 y 35 años, respectivamente.
Bergkamp fue distinto, y tuvo ese gancho de los futbolistas malditos. Como le ocurriera a Lothar Matthaus, llegó al último día de su carrera futbolística como los grandes: con opciones de ganar la Champions League. Era el único gran título a nivel de clubes que se le resistía. La final era en París, ciudad que había tenido que atravesar en incontables desplazamientos en coche mientras sus compañeros la sobrevolaban. El partido era contra un Barcelona renacido, dirigido por el último maestro que tuvo en el Ajax, su amigo Frank Rijkaard, que ya le había confirmado su presencia en el renovado Emirates Stadium, una cancha que el Arsenal tendría el detalle de inaugurar con un homenaje a toda su trayectoria, al delantero con el que más habían disfrutado los aficionados
gunners.
Dennis Bergkamp se enfrentaba a su destino en ese Barcelona-Arsenal. Con 37 años, sólo jugaría en caso de que las cosas fueran muy bien, pero seguramente tuvo la esperanza de que la poética del mundo futbolero le guardara un último regalo. Tomó su coche y emprendió el camino hacia París, donde quizás el fútbol le devolviera la moneda con un gol postrero ante ese Barcelona liderado por un brasileño y entrenado por un holandés, factores que tanto le recordaban a aquella decisión que había tomado allá por 1993 y que, en parte, derivaban de ella. Probablemente, por profesionalidad, obviara esa posibilidad -improbable- de haberse retirado ese mismo día en el banquillo contrario, de haber cambiado Amsterdam por Barcelona y no por Italia, de no haber llegado nunca al Arsenal, y de que su partido de homenaje lo vieran en el Camp Nou y no en el Emirates. Él seguramente querría ser lo que fue Larsson en aquella final, y se imaginó un gol sedoso.
Quizás, de camino, revivió
aquel soberbio gol que le había anotado al Newcastle en 2002, poniendo en lugar del defensa
magpie a Carles Puyol. Imaginó aquel pase de Pires -el otro gran maldito de la final, a la postre-, se recreó a sí mismo recibiéndolo con la pierna izquierda, con un control orientado hacia la derecha que superara al central catalán. Visualizó su giro con el cuerpo a la izquierda, completando el autopase mientras el hercúleo central caía desorientado. Y se vio definiendo con esa tranquilidad que sólo lo abandonaba en las alturas de verdad. Resolviendo con temple y con el interior de su bota derecha la final de aquello que, para él, era un trabajo y un juego placentero antes que un espectáculo mediático.
Como Lothar Matthaus, perdió la final. Como se preveía, no jugó, porque la expulsión de Lehmann aceleró y condicionó los cambios. Nadie le vio llorar, porque quizás nunca le hizo tanta falta como a otros el valor de la victoria. El valor de Bergkamp era otro, ese que no quiso reconocer Cruyff. Aunque en su momento se equivocara, Bergkamp,
The non flying dutchman, no necesitaba el Olimpo.
Siempre prefirió el fútbol.Tau de Rec.