jueves, 7 de abril de 2011

La edad de la música


Tiempo de rock & roll. Mucha guitarra eléctrica suena en los últimos sumarios de la información deportiva, en parte gracias a las abultadas victorias de Barcelona y Real Madrid en los cuartos de final de la Champions, y sobre todo por el ansia de grandes acontecimientos que genera el casi realizado sueño húmedo de todo futbolero de estos lares, sea cañí o posmoderno: cuatro clásicos en un mesecito.

Entretanto, el fútbol sigue con otras historias menos mastodónticas que merecen, tanto o más, una banda sonora memorable. Les llaman viejos rockeros, pero tocan todos los palos. Son los músicos del fútbol, jugadores instintivos que podrían pasar una eternidad en la cancha porque, como Robert Johnson con su guitarra, se naturalizan al ritmo del balón.

-Uno: Lo retro no está reñido con el mainstream. No hay que abandonar la Champions League para encontrar dos temas que suenan en las listas y copan las primeras páginas de los tabloides. Sólo hay que olvidar a culés y merengues y girar la cabeza al otro lado del cuadro para encontrarse con dos ironmen que se aferran al alarido futbolístico y todavía generan himnos en su honor. Raúl González y Ryan Giggs.

El galés, que en su día llenó hemerotecas con vídeos de sus eléctricos correteos por la banda a golpe de britpop, ha dibujado con inteligencia un trayecto alternativo que le coloca como un extraño fenómeno indie: el otrora mejor extremo del mundo ha cambiado la velocidad por la pausa y la exquisitez, erigiéndose, a sus 37 años, en un tardío mutante que aporta algo que casi no queda en Europa, el trequartista genial pero aplicado que reúne el desparpajo de Le Tissier con esa británica aura de líder de Platt o Ince. Eso sí, no se le olvidan sus orígenes, y anteayer se arrancó con tema de los mejores tiempos de Oasis. Sir Ryan Giggs retomó la banda izquierda y enfiló un breve solo de guitarra para pasar los segundos de gloria a la tabernera estrella de hoy, Wayne Rooney.



El español podría hacer un cover de una canción de la extinta banda de los Gallagher, pero el 7 nunca mira atrás con rencor, simplemente avanza. Lo de Raúl González en el Madrid sonaba ya a antiguo. A las nuevas generaciones, sus estrofas épicas le parecían un aburrido cantar de gesta. La immensa filia que sentía por su banda pudo menos que la pulsión por tocar un instrumento que se le negaba, y se marchó a un club extraño. Todo, incluso la emigración a Alemania y el nombre numérico de su nuevo club, quedaba tan fuera de lugar que a los que no se les cayó el mito del héroe estoico, les entró la misma risa que en un filme de Alfredo Landa.

Pero sus estribillos, siendo los mismos que siempre, han terminado por conquistar al pueblo alemán. Los teutones, que llenan los campos en busca de un poco de desorden para sus vidas, han caído en el embrujo del hexadecasílabo del 7. Su inicio catastrófico, perdiéndolo todo en la vitalista Bundesliga, ayudó a la larga a acrecentar la leyenda del jugador.

Siguió tocando su canción monorrítmica en los infiernos, y de su particular concierto de San Quentin terminó pasando a su familiar melodía de la Champions League, donde el martes culminaba la conquista de una de las plazas más míticas del planeta Fútbol, con gol incluido.

Tras haber tumbado al vigente campeón, al castizo ídolo le quedaba el sabor agridulce de ver como el periódico que un día lo idolatró obviaba a base de cacofonías su última hazaña. Todo por poner en portada a ese reggaeman sin rastas que ocupaba ahora ese puesto de tercer delantero que él consideró indigno. Por negarse a ser telonero, lo habían pasado a un segundo plano. Habían afeado su gesta y, una vez más, el señorío de su ex equipo con un ansioso y desagradable sobrenombre: "El equipazo de Manolazo"



-Dos: Violinistas, pianistas y demás tipos con arte. Robert Pires, Juan Carlos Valerón y Alessandro Del Piero.

El francés vuelve a sonar después de sobrar en el mercado estival. Lo rescató su compatriota y amigo Gerard Houllier a mitad de temporada para un Aston Villa decrépito. Todos lo criticaron hasta que salió al campo, doblando la edad de los más jóvenes del lugar. Sacó su Stradivarius y emmudeció a un estadio al que se le había olvidado lo que era una balada. Monsieur Pires difícilimente aupará a su equipo hasta las listas de éxitos, pero un cadencial regate suyo es un regalo para los aficionados.




El canario regresa cada seis meses de su cueva de lesiones para repartir selectas reminiscencias de lo que fue el Depor hace años. Nada de rock gallego ni de ritmo canario, lo suyo fluye con la delicadeza de una bossanova. Valerón arroja luz al erial futbolístico en que se ha convertido Riazor en los últimos tiempos



El italiano es el último maldito de verdad del fútbol italiano. Con un sospechoso parecido a Bruce Springsteen que crece a medida que pasan los años, el educado Pinturicchio, Alex Del Piero, ha puesto sus lienzos al servicio de una Juventus que se apaga todos los cursos y que utiliza a su mejor goleador de siempre como rehén, para mantener una identidad histórica en cada tiro libre que ejecuta. Sus faltas, como sus controles, son un vals tan único que sólo pueden contribuir a la nostalgia de un Delle Alpi cada día más vacío.




-Tres: Su noche triste. Pareciera que la velocidad de la arena del tiempo en Argentina va al arrastre del discontinuo achaque del bandoneón. El ritmo desacompasado del otro lado del charco frena su fútbol pero eterniza a los pocos que emergen con brío.

La noche es de Boca Juniors, patrimonio nacional apocado como nunca en el que el pequeño Mozart se ha hecho tan mayor que ya ni lo convocan. Riquelme, el único futbolista del mundo que podría orquestar un tango, el Piazzolla del balompié, ha convertido su proceder dadivoso en dejadez tras ver que nadie en la institución que él personaliza años puede tirarle un desmarque que le devuelva a la vida, que le dé utilidad. Uno se lo imagina en su casa, agitando la batuta contra la pared, o bailando un tango solo, rígido, con la mano izquierda en el aire.

Los bosteros se agarran entonces al que no se rinde ni aunque se equivoque. A veces tan incomprensibles en el reparto de apodos, no podría ser más preciso llamarlo Titán, a Martín Palermo. El más eterno de los rematadores ha sido el triste termómetro del enfriado fútbol argentino en los últimos años: si él seguía marcando, la cosa iba mal.

El cambalache del deporte del país ha dado alas a su carrera hasta que la naturaleza lo ha frenado. En una tierra donde las viejas glorias como los Cadillacs, la Bersuit o Charly García son intocables aunque enloquezcan, todo llega a un límite. Ya hasta los compañeros de Palermo hacen apuestas para su retirada. Su competidor, Viatri, de 24 años, le ha dado un par de meses al aguerrido atacante. Y Palermo ya ha contestado, con la visceralidad porteña que le impide razonar su retiro. Consciente de que sólo le funciona el coco y la motivación, ha insinuado que se prepara para dirigir y, de paso, se ha postulado para reflotar a Boca casi sin decirlo. Pero, en una respuesta de más de tres minutos en rueda de prensa, ha terminado confesando el problema: le cuesta despegarse de su criolla, del balón. No sería natural.



Uno se imagina a los siete como una especie de Travelling Willburys, dando tumbos por el mundo en un equipo para repartir taconazos y pases al hueco, sobrellevando la fatiga con algo de arte y oficio, e incluso sonando a veces con brillo, por más áspero y dylaniano que resulte Riquelme; por más meloso, por más Orbison que parezca Valerón; por más secundario que parezca el George Harrison del grupo, Pires.

Aunque la mayoría ya no puede competir y corre el permanente riesgo de desafinar, estos veteranos han adquirido el valor de un exiguo perfume. Todos han superado holgadamente los 27 años, y la treintena, señal de que ni siquiera han pactado con el diablo. Han llegado por méritos propios a esa etapa en la que ya sólo importa sentirse realizado. Dar un pase, tocar un blues. Quedan lejos ya las estridencias, nos regalan destellos de experiencia en sus prolongadas jam sessions. Viven la edad de la música.

jueves, 17 de febrero de 2011

El valor de Bergkamp


Dennis Bergkamp es conocido por la inigualable clase con la que merodeaba el área rival, pero también por su aerofobia. Es el estigma de un jugador preciosista y efectivo a partes iguales que arañó el cielo en varias ocasiones pero siempre se quedó a un peldaño de llegar al Olimpo balompédico.

Dennis Bergkamp fue el abanderado de una generación presionada como pocas. Los sucesores de Van Basten, Gullit, Rijkaard y Koeman tenían la responsabilidad de regenerar los éxitos de la última naranja mecánica del siglo XX -la de la Eurocopa del 88-. El sueño de ese diminuto país era el de volver a ganar para crear de una vez por todas una dinastía que la suerte siempre le negaba. Por si seguir los pasos de aquel podio del Balón de Oro tulipán o del líbero más goleador de siempre no era suficiente, a Bergkamp se le requería ser el nuevo adalid futbolístico de un país acostumbrado a ir detrás de un líder de sangre caliente. Los Países Bajos tenían el hábito de la garra de Neeskens, el carisma de Krol, la rebeldía sobre el césped de Gullit, la altivez del genial holandés volador. Además, los técnicos más míticos eran fieras de calibre. Rinus Michels, primer gran inventor del prestigio holandés, volvía a quedar cerca tras dirigir a los campeones de Europa. Tras el padre del fútbol en el país, llegaba un mesiánico Cruyff, que se resarcía de su fallido asalto al cetro mundial del fútbol como jugador convertido en el gurú absoluto de los banquillos. Holanda venía de tener a los defensas más exquisitos, a los centrocampistas más totales, a los dos mejores delanteros europeos de la historia y a dos de los grandes revolucionarios del fútbol mundial desde el banco.

Pero el atacante era distinto. Su carisma no se hallaba en los gestos airados y en las palabras fuera de tono, y aunque buen líder en el césped y en el vestuario, su tempo era distinto al que emergía en el panorama futbolístico, cada vez más físico y también más mediatizado, ya convertido en religión. A finales de los 80, el aficionado soñaba con aguerridos héroes que se dejaran la piel en el campo, y los jugadores comenzaban a ser multimillonarios exprés acostumbrados a ver el mundo desde el punto de vista de los gigantes. A Bergkamp, sin embargo, le gustaban los pases medidos, las elegantes fintas de cuerpo y las vaselinas. Cuando marcaba, no miraba a las cámaras, y cuando el partido terminaba, se iba a casa sin ofrecer grandes declaraciones. Johan Cruyff lo conoció cuando goleaba con la cantera ajacied, y aseguró que sorprendía su precoz frialdad y su profesionalidad, pero que tan solo era el segundo mejor en cada aspecto.

El Flaco lo hizo debutar cuando entrenaba al Ajax de Ámsterdam en el 86, en el momento en que Marco Van Basten apuraba sus días como gran referente -4 títulos de máximo goleador consecutivos incluidos- de un equipo de altos vuelos que, a pesar de ello, se sometía a una era marcada por los triunfos del PSV. Bergkamp cogió el testigo de su predecesor en la punta de ataque del equipo de mayor prestigio de Holanda y no decepcionó. Aunque no vivió el brillo del único gran título de su selección, se destapó como el mejor delantero de la Eredivisie en los albores de los noventa, con el permiso de un tal Romario. Parecía que empezaba una carrera llamada a arrasar con todo, pero también se intuían las primeras paradojas: Bergkamp acumuló tres títulos de máximo goleador de la competición, pero no fue en esas temporadas sino en el año anterior a ellas cuando logró ganar la liga. Conquistó la Recopa, la UEFA y una Copa de Holanda, y se erigió como el líder absoluto de un equipo al que sólo le faltaban un par de puertos complicados para llegar a la cumbre del fútbol mundial. Pero con poco ya por conseguir, en 1993, tomó una decisión que le marcaría la carrera.

Los cantos de sirena llegaban, no en vano, al triple pichichi holandés. Tres de las cuatro grandes economías europeas del momento, Real Madrid, Barcelona e Inter, pretendían a Bergkamp. Las infladas arcas de los equipos italianos y la vitola de la Serie A como competición más constelada del momento ponían por delante a un Inter que pretendía desbancar a su vecino y archirrival con otros tulipanes antagónicos y de nueva generación, ya cansado de no hacer historia con los alemanes Matthaus, Klinsmann, Brehme o Sammer. El Real Madrid tenía una pretensión similar pero no tanto poder económico, y el Barcelona contaba con tres pluses. El primero, su retomado hábito de pescar los nuevos talentos de Holanda, tras fichar a Koeman o Witschgue. El segundo, el Dream Team que formaba y que, tras unos años de exhibición, resucitaba el Fútbol Total y por fin discutía el poderío del AC Milan como equipo más redondo de los últimos años. El tercero lo encontramos en la figura responsable de todo: Johan Cruyff, personalidad balompédica con mayor influencia, prestigio y genio del momento en su país y en España. Y por si fuera poco, padre futbolístico de aquel Bergkamp que ya no parecía ser solamente el segundo mejor en todo. Pero no había tanto dinero.

Nadie le preguntó a Cruyff si todavía veía a Bergkamp como un segundón en julio del 93, cuando el atacante anunció que finalmente ponía rumbo a Italia. El entrenador holandés, que se quedaba sin el sueño de multiplicar exponencialmente la clase de Laudrup con un finalizador más fino y menos explosivo que Stoichkov, sabía que aquello que dijo ya no era cierto, pero probablemente no hubiera rectificado. No encajó bien el desenlace del culebrón, durante el que se había reído del interés del Madrid -"no sé qué iría a hacer allí"- y había mostrado confianza en que su ahijado, de infinito gusto por el buen fútbol, renunciara a esos montones de liras de dudosa procedencia para disfrutar de su profesión. Incluso en el apartado económico, parecía que el Barcelona estaba dispuesto a hacer un esfuerzo normalmente fuera de su alcance, rondando los 10 millones de dólares. En las redacciones todavía se recuerda la delirante propuesta de un directivo culé de vender la sección de baloncesto para fichar al tulipán. Pero se fue al Inter, que puso 14 millones por él y Jonk, y Cruyff lamentó que su Dennis hubiera "puesto por delante el dinero al fútbol".

El caso es que a Bergkamp no le fue tan bien en Italia. Al Barcelona, a nivel de espectáculo, sí le fue bien. La alternativa al delantero holandés existía. De hecho, era la otra gran figura de la Eredivisie, el genio del enemigo del Ajax, del PSV. Los de Eihndoven aceptaron los 10 millones por Romario y el brasileño construyó un mito en poco más de un año. A pesar de que el Inter ganó la UEFA, Bergkamp perdía balones y se mostraba rígido en el terreno de juego, mientras Romario cascaba 30 goles con parábolas caprichosas, congelaciones de tiempo y fintas infernales en Can Barça. Todo ello, después de apostar su cifra goleadora y con el envoltorio de jugador mágico, capaz de perforar la red tres veces en diez minutos tras no haber entrenado en una semana. En Barcelona, muchos se rieron de la frialdad deBergkamp y se felicitaron por la contratación de O Baixinho, que ilusionaba a los niños y a los filósofos del fútbol. Incluso algunos apuntan que aquel desenlace predispuso a la cultura culé a favor de los Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho, que tantas tardes de gloria han dado a la parroquia azulgrana. Fue, seguramente, el gran error de Bergkamp, que perdió su capacidad goleadora y pareció quedarse en uno de esos emigrantes de la liga holandesa que pierden su poder fuera de ella. Por si fuera poco, su aerofobia empezó a publicitarse en Italia, donde entre Milán y Nápoles o Roma ni hay la misma tensión ni la misma distancia que entre Vitesse y Amsterdam.

Pero su película dio un nuevo giro. Tras perder algo de valor en el mercado -sólo algo; sus actuaciones con la selección eran como volver a casa: nostálgicas, delicadas y efectivas-, el ya consolidado Arsenal lo fichó en 1995. A día de hoy, el Bergkamp que se recuerda es muy distinto al descrito hasta ahora en esta pieza, y generalmente se asocia con la figura del artesano Arsène Wenger. Pero no hay que pasar por alto que no fue el francés quien apostó por él cuando pocos lo veían como un jugador Top. El visionario fue Bruce Rich, que buscaba una pareja que formara como cierto contrapunto del héroe de la afición, una versión del nuevo delantero inglés, eminentemente potente y explosivo, encarnada en Ian Wright.

Aunque en su primera etapa la sensación era que Bergkamp solo era una pieza distinta del puzzle gunner que sólo dejaba ciertos destellos exóticos a los ojos de los cuadriculados ingleses, el holandés logró aclimatarse al equipo. Y ahí, cuando empezaba a cuajar, llegó el padre Arsène. Un ecléctico entrenador francés con cierto aire a Leonard Cohen, espigado, calmado, con un acento bizarro y unos mensajes arriesgados para el fútbol de la Premier y del Arsenal. Un tipo que, tras entrenar en el dorado Montecarlo a un Mónaco emergente y rechazar una jugosa oferta presentada nada más y nada menos que por Franz Beckenbauer, se marchó a Japón a aprender sobre fútbol. Bergkamp fue la excusa y el instrumento perfecto del alsaciano para empezar a desarrollar una identidad que evolucionaba el passing ball del Liverpool de Daglish y compañía a una nueva dimensión.

Es cierto que Bergkamp nunca volvió a ser el killer que fue en Holanda, pero Wenger le dio un mejor uso. Dennis Bergkamp, con el 10 a la espalda, fue puliendo su labor como segundo punta para convertirse en un delantero único: extraño playmaker absoluto de la formación, actuaba a tan sólo 20 o 25 metros de la portería como mucho, y la prioridad era dar fluidez, los últimos pases, permitir desmarques y colocarse entre líneas para inutilizar a los centrales. Bergkamp se convirtió en el centro de gravedad de un equipo que, en consecuencia, juntó sus líneas adelantando la defensa, esculpió una medular fuerte, técnica y de recorrido -Vieira, Petit y compañía-, se procuró delicadeza, llegada y fluidez en los tres cuartos de cancha -de Pires, Wiltord y Ljungberg a Nasri o Arshavin, los ejemplos son incontables- y siguió utilizando al estilete más ágil posible para finalizar. Wenger colocaba al organizador de segundo punta, o al segundo punta de organizador. Una de las decisiones más valientes y aplaudidas de los últimos años en el mundo del fútbol.

Y Bergkamp renació en Highbury. Su famoso miedo a volar no importaba en aquel club que se había convertido, de la mano de Wenger, en un taller manufacturero, y nadie le reprochaba al holandés que hubiera incluido en su contrato una cláusula por la cual nadie podía obligarlo a subir a un avión. A cambio, los sacrificios del delantero por dar ejemplo le llevaron a trasladarse a los campos visitantes hasta dos días antes que sus compañeros por carretera, en especial en partidos de competición europea, para los que cruzó el continente sin ningún reparo. En todos aquellos años, dejó incontables detalles, 3 títulos de la Premier League -incluida la de The Invincibles, ese Arsenal que no perdió ningún partido en toda la competición-, 4 de la Community Shield y 4 de la FA Cup. Ya veterano, se convirtió en el mentor de todos los baluartes ofensivos que iban llegando al equipo. Su estilo ayudó a Wright, y a partir de ahí, influyó en el primer Anelka, en Henry, en Cesc y hasta en algunos que todavía jugaban en las categorías primavera. El último, en palabras de Wenger, fue Jack Wilshere, de quien previó que debe "tomar el papel que hacía Bergkamp en el equipo en los próximo años" -les prometo una próxima entrada sobre este brutal talento, aprovechando la percha que me ofrece ese excelente partido que hizo contra el Barcelona hace tan sólo unos días-.

Pero Cruyff nunca dejó de tener cierta razón. Bergkamp llevó la 10, y siempre fue el jugador de postín, el regalo para la afición. Pero en todo momento dejó el estrellato para otros. Las celebraciones y los goles eran de Henry, la capitanía, de Seaman, Adams o Vieira. Él no hablaba demasiado, se mantenía en la sombra, donde lideraba con paladar de sibarita a los gunners. A nivel mundial, le ocurrió algo similar: en sus años más brillantes -en los previos al traspaso al Inter-, fue escogido tercer y segundo mejor jugador del mundo -92 y 93- y a finales de los 90, ya en el Arsenal, compartió con Zidane el escalón más bajo del podio del FIFA World Player -posición que también ocupó en el 93 tras Romario, el hombre con el que cruzó destino-.

Nunca falló en ninguna gran cita, pero se quedó a las puertas de ganarla siempre. En el mundial 94, Brasil había cortado la exhibición holandesa que lideraba Bergkamp, y en el 98 se repitió el desenlace. Ya en semifinales, el todopoderoso Brasil de Ronaldo empató con Holanda. En los penales, Bergkamp anotó el segundo gol, resistiéndose a convertir la ansiada final en un mediáticamente esperado Francia - Brasil, en un Adidas - Nike, en un Zidane - Ronaldo. Al fin y al cabo, él era tan bueno, según la FIFA, como Zidane. De poco sirvió su temple a la hora de convertir: el segundo mejor goleador del Mundial se despedía cabizbajo tras los fallos de Cocu y Ronald De Boer, dos jugadores a los que el destino sí les llevó a Barcelona -donde ganaron menos títulos que nuestro protagonista en Londres-. Para la memoria quedaba uno de los momentos de esa edición de la Copa del Mundo: Bergkamp controlando el balón y haciéndolo botar contra el suelo, con la mirada y la cadera de Ayala descubriendo la portería argentina. Bergkamp armando la pierna derecha, golpeando con el exterior, en aquel minuto 89 de los cuartos de final. Bergkamp celebrándolo con incredulidad, o quizás con vergüenza, tapándose los ojos.

En 1998 fue el tercer mejor delantero del mundial, según la organización, tras Suker y Ronaldo. Aquel año, por fin la Premier galardonaba la exquisitez, otorgándole dos premios del mes y el de mejor jugador de la edición, en la que lideró al Arsenal hacia el campeonato. Fue el último gran triunfo individual de un holandés que, sin embargo, alargó su carrera de una manera increible a pesar de los cansinos traslados hacia los campos rivales y de su condición atlética, más dotada para lo técnico que para lo físico. Y no lo hizo de cualquier manera: fue el jugador del mes en alguna ocasión en 2002 y en 2004, ediciones en que logró sus otros títulos ligueros con el Arsenal. Contaba 33 y 35 años, respectivamente.

Bergkamp fue distinto, y tuvo ese gancho de los futbolistas malditos. Como le ocurriera a Lothar Matthaus, llegó al último día de su carrera futbolística como los grandes: con opciones de ganar la Champions League. Era el único gran título a nivel de clubes que se le resistía. La final era en París, ciudad que había tenido que atravesar en incontables desplazamientos en coche mientras sus compañeros la sobrevolaban. El partido era contra un Barcelona renacido, dirigido por el último maestro que tuvo en el Ajax, su amigo Frank Rijkaard, que ya le había confirmado su presencia en el renovado Emirates Stadium, una cancha que el Arsenal tendría el detalle de inaugurar con un homenaje a toda su trayectoria, al delantero con el que más habían disfrutado los aficionados gunners.

Dennis Bergkamp se enfrentaba a su destino en ese Barcelona-Arsenal. Con 37 años, sólo jugaría en caso de que las cosas fueran muy bien, pero seguramente tuvo la esperanza de que la poética del mundo futbolero le guardara un último regalo. Tomó su coche y emprendió el camino hacia París, donde quizás el fútbol le devolviera la moneda con un gol postrero ante ese Barcelona liderado por un brasileño y entrenado por un holandés, factores que tanto le recordaban a aquella decisión que había tomado allá por 1993 y que, en parte, derivaban de ella. Probablemente, por profesionalidad, obviara esa posibilidad -improbable- de haberse retirado ese mismo día en el banquillo contrario, de haber cambiado Amsterdam por Barcelona y no por Italia, de no haber llegado nunca al Arsenal, y de que su partido de homenaje lo vieran en el Camp Nou y no en el Emirates. Él seguramente querría ser lo que fue Larsson en aquella final, y se imaginó un gol sedoso.

Quizás, de camino, revivió aquel soberbio gol que le había anotado al Newcastle en 2002, poniendo en lugar del defensa magpie a Carles Puyol. Imaginó aquel pase de Pires -el otro gran maldito de la final, a la postre-, se recreó a sí mismo recibiéndolo con la pierna izquierda, con un control orientado hacia la derecha que superara al central catalán. Visualizó su giro con el cuerpo a la izquierda, completando el autopase mientras el hercúleo central caía desorientado. Y se vio definiendo con esa tranquilidad que sólo lo abandonaba en las alturas de verdad. Resolviendo con temple y con el interior de su bota derecha la final de aquello que, para él, era un trabajo y un juego placentero antes que un espectáculo mediático.

Como Lothar Matthaus, perdió la final. Como se preveía, no jugó, porque la expulsión de Lehmann aceleró y condicionó los cambios. Nadie le vio llorar, porque quizás nunca le hizo tanta falta como a otros el valor de la victoria. El valor de Bergkamp era otro, ese que no quiso reconocer Cruyff. Aunque en su momento se equivocara, Bergkamp, The non flying dutchman, no necesitaba el Olimpo. Siempre prefirió el fútbol.

Tau de Rec.

Crónica de los Mundiales


Publicado en Julio de 2010, antes de las semifinales del Mundial de Sudáfrica, en el periódico regional Diari del Priorat en catalán bajo la firma del responsable de este blog, Sergi Falcó, bajo el título El Mundial de futbol. 80 anys. A continuación, la versión original, sin editar, del reportaje. Próximamente colgaré la versión en castellano.

"La història dels mundials de futbol es pot resumir en un sol partit fictici ple d’èpica, de màgia i també de paranys"



"És temps de Mundial. La competició futbolística més seguida del món és la sobretaula perfecta a la temporada per als aficionats més necessitats d’emocions: tot i que a Sudàfrica el nivell de joc no ha estat memorable, a qualsevol Copa del Món hi ha moments reservats per l’espectacle, fins i tot per la llegenda. I si els reunim tots en un partit? A continuació, un recorregut caòtic per la història del mundials. Xiula l’àrbitre, comença el partit.
Som a l’estadi de Maracanà, a Brasil. Ronaldo passa en curt des del cercle central del camp. La rep Rivaldo. És la darrera parella d’èxit de Brasil a un Mundial. Els carioques en són els reis, amb cinc campionats, però a les dues darreres edicions han caigut a quarts de final, després d’haver renunciat al seu futbol espectacle. Tot i això, l’assortit de grans jugadors dels brasilers és inacabable: de Ronaldo, el golejador per excel·lència, a l’autèntic O Rei Pelé, possiblement el millor jugador de la història, tot passant per Jairzinho i Rivelino als anys setanta, Zico i Sócrates als vuitanta, Romario i Bebeto als noranta o Ronaldinho, Roberto Carlos i Kaká a la present dècada.

El davanter endarrereix directe cap al centre de la defensa. La té Franz Beckenbauer, el defensor amb més visió de joc, potència i elegància de tots els temps. El joc directe de l’alemany Beckenbauer, conegut com El Kaiser, resumeix l’estil contundent del seu país. Els germànics han guanyat el Mundial tres vegades i presenten un equip terriblement competitiu a cada edició. Sense anar més lluny, enguany han aconseguit l’accés a semifinals per tercera vegada consecutiva, i per cinquena en els darrers set mundials. Gary Lineker, davanter britànic dels 80, va afirmar un cop que “el futbol és un joc que van inventar els anglesos, juguen onze contra onze i sempre guanya Alemanya”.

Un migcampista rival colpeja a Beckenbauer, però aquest no es desequilibra, el deixa enrere i fa una passada llarga cap a la banda esquerra. El Kaiser és dur com una roca: al Mundial de 1970, a Mèxic, va arribar a jugar amb el braç trencat. El capità alemany la passa directament a Johan Cruyff, a qui pot presumir d’haver guanyat a la final d’un dels mundials més emocionants, el del 1974. Cruyff va liderar una Holanda espectacular, que perdura en el record dels aficionats pel seu joc estètic, conegut com a Futbol Total.

La jugada es perd. Holanda, a dia d’avui, encara no ha guanyat un campionat. És el millor exemple de què també es pot entrar a la història sense guanyar, però no pas l’únic. A Hongria li passa el mateix que als Països Baixos: tots dos han arribat a dues finals com els favorits, i tots dos les han perdudes. Els Puskas, Kocsis, Bozsik, Hidegkuti i Czibor formaven una davantera temible l’any 1954, coneguda com els màgics magiars. Hongria no havia perdut un partit en gairebé tres anys, però l’Alemanya Federal anterior a l’època de Beckenbauer va donar la sorpresa. Sota una intensa pluja i amb el camp ple de fang, els alemanys van guanyar per 3 gols a 2. Dies abans, a la primera fase del Mundial, Hongria els havia guanyat per 8 gols a 3.

La primera part no ofereix gaire: hi ha moltes faltes i poques ocasions, que paren porters llegendaris com l’alemany Kahn, el paraguaià Chilavert o l’italià Dino Zoff, que va ser el campió amb més edat, 40 anys. Es tracta d’una situació habitual als mundials, que de vegades administren els moments màgics com el perfum, cosa que avorreix als aficionats. Ho deia l’escriptor Javier Marías, després del Mundial de 1998: “Qui és el del comptagotes? Cada cop és més estret”. De fet, la selecció italiana, que només acostuma a dominar l’art de les faltes tàctiques, és la segona amb més campionats, quatre. El darrer, al Mundial del 2006, que va ser més conegut pel cop de cap de Zidane a l’italià Materazzi que no pas pel bon tracte de la pilota. El desenvolupament de les tàctiques defensives té molt a veure amb l’empobriment del futbol als darrers campionats. Si bé el de 1990 serà difícilment igualable per la seva poca qualitat, sí que va ser superat pel de Corea i Japó pel que respecta a la mitjana de targetes per partit. A més, tant al 1994 com al 2006, la final es va resoldre a la tanda de penals després d’un partit aspre. A les dues hi era, evidentment, Itàlia.

Comença la segona part

Tot just comença el segon temps, i una jugada pel costat esquerre de l’atac fa aixecar-se els aficionats del seient. La fa un argentí desgavellat i rapidíssim, anomenat Houseman. L’antítesi d’Itàlia podria ser Argentina. És tota una paradoxa, amb tot el que comparteixen els dos països. El cas, però, és que Argentina ha posat espectacle que mancava a molts Mundials. Sense anar més lluny, enguany han jugat a un alt nivell, amb un sistema tàctic que pretenia ser revolucionari –Maradona ha tornat als cinc davanters, cosa que no s’utilitzava des de principis dels anys 60- i que ha acabat com una víctima del rigor tàctic actual –Alemanya ha eliminat els argentins a quarts… per 4 gols a 0-.

El partit es posa èpic: primer els italians no saben com parar a Houseman. Al 74, l’entrenador italià va manar a un jugador fort però lent que el vigilés, però l’extrem argentí va acabar marcant: el desafortunat defensor era Fabio Capello. Després, els rivals per excel·lència d’Argentina, els anglesos, no poden frenar el jugador més genial de la història. Arriba el primer gol del partit, arriba la màgia als mundials. L’escriptor mexicà Juan Villoro resumeix perfectament el gol i l’essència del futbol en una màxima: “La imaginació desafia a la pura raó, Rabelais té la oportunitat de vèncer Descartes”.

En efecte, el va marcar Maradona. Evidentment, als anglesos. Se’n va desfer de cinc i va recórrer mig camp abans de fer el gol. Va passar a l’Estadio Azteca mexicà, als quarts de final de la Copa de 1986, que acabaria guanyant el país del tango. Va ser batejat com el Gol del Segle. Minuts abans, el capità argentí havia marcat amb la mà, convertint un altre dels gols més recordats de la història, que ell mateix va anomenar La Mà de Déu. Com si jugués a dos equips diferents, el de les bones arts i el de les arts més fosques, Maradona s’havia compensat a ell mateix, donant a Argentina L’altra guerra de les Malvines. La final, contra Alemanya, va donar el segon campionat del món als argentins. El primer havia estat menys romàntic: el van guanyar al 1978 a casa. Aquella va ser una Copa del Món rebutjada per figures com Cruyff pel fet de jugar-se a l’Argentina del dictador Rafael Videla. Va ser una victòria lletja, curiosament contra la plàstica Holanda. El capità argentí, llavors, no era el genial Maradona, sinó un defensor –un Caudillo, que diuen els argentins- de cognom italià: Daniel Pasarella. El final de Maradona als mundials tampoc va ser una història d’amor: després de marcar a Grecia, al 1994, s’apropava a la càmera com un boig, celebrant el gol. Dies després, donava positiu per cocaina, i s’acomiadava del seu escenari preferit, almenys com a jugador: la Copa del Món.

A la pròrroga

Amb els dos gols de Maradona, el bàndol de l’espectacle i el dels conservadors van a la pròrroga. Durant la primera part, L’espectacle el posen Edson Arantes Do Nascimento, més conegut com a Pelé, i el portuguès Eusebio. Els dos han estat els davanters més potents de la història, però Pelé destacava a més per tenir una ment privilegiada i uns companys brillants.

És el propi Pelé el que inicia la jugada en la que Carlos Alberto, un dels defensors més ofensius de tots els temps amb el permís de Roberto Carlos, acaba marcant un gol històric. El rep Itàlia al 1970 després d’un minut i mig de possessió ininterrompuda dels brasilers. Aquell Brasil és un dels tres millors equips de la història i, evidentment, va vèncer al setanta.

Empatarà Laurent Blanc al darrer minut de la pròrroga, donant vida al seu equip com ho va fer al 1998. El defensor francès va marcar el primer gol d’or dels mundials als vuitens de final de la Copa del Món de França, que els amfitrions acabarien guanyant amb moments tan històrics com els dos gols de Thuram a les semifinals –mai abans havia marcat en la seva carrera- o els dos córners que va definir Zidane a la final davant Brasil. Per sort, els conservadors han empatat amb un gol legal, no com el que al 1966 va donar la victòria a un altre amfitrió, en aquest cas Anglaterra, tot i que el xut de Hurst no va arribar a creuar la línia de gol en cap moment.

Llavors arriba la polèmica del partit. Ghana, el primer equip africà amb el vent a favor per passar a unes semifinals, justament al primer Mundial celebrat al continent, arriba al minut 120 atacant la porteria d’Uruguai. Ghana, i amb ella tota Àfrica, xuta, però el davanter Luís Suárez para la pilota amb les mans. La resta de la història ja es coneix: Asamoah Gyan llença i el Jabulani colpeja el travesser. No és temps –encara- per a Àfrica.

Penals i reflexió final

Als penals, arriben les llàgrimes. Fallen l’espanyol Joaquín, el francès Trezeguet o els italians Franco Baresi i Roberto Baggio. El geni de la cua de cavall, el millor del Mundial de 1994, plora tan desconsolat com plorava l’anglès Gascgoine a les semifinals de 1990 o com ho ha fet Messi enguany.

El darrer penal és per a un uruguaià, que no ha fet història per la seva qualitat, però protagonitzarà el moment més màgic del Mundial de Sudàfrica. Si marca, l’Uruguai –el primer campió d’una Copa del Món a 1930- tornarà a l’elit del futbol, a la penúltima ronda del torneig. Ho fa a sang freda, a l’estil Panenka, picant la pilota suaument i enganyant el porter ghanès. Si no recordo malament, hem situat aquest partit caòtic i fictici a Maracanà. L’Uruguai ha repetit la gesta del Maracanazo, aquella final mítica de 1950 on els charrúas van guanyar contra pronòstic la blanca selecció de Brasil –des d’aleshores, es van començar a vestir de groc- davant de 200.000 espectadors locals.

S’ha acabat el partit. Hem pogut comprovar com cada Copa del Món ha tingut una història i cada selecció un paper rellevant en aquesta. Tot i la desil·lusió de les darreres edicions, on l’espectacle mediàtic i la tàctica han oprimit el bon joc, sembla que alguna cosa comença a canviar. Una Espanya liderada per jugadors de toc com Iniesta o Xavi, per un bloc provinent de l'equip del moment–com va passar amb l'Honved i Hongria, amb l'Ajax i Holanda-, ha passat per fi a semifinals, una Alemanya farcida d’immigrants turcs i polonesos ha adoptat un estil atractiu després d’anys de joc sistemàtic, la sempre romàntica Holanda ha tornat a arribar lluny a una Copa del Món i els africans, a través de Ghana, han enamorat el planeta amb bon futbol i noms desconeguts –fins a 10 jugadors no han jugat mai a una primera divisió europea-. Amb l’emoció del penal de Sebastián Abreu, el davanter uruguaià, tanquem el cercle: el primer campió, un país on els nens es pelen els genolls a les places i es juguen la dignitat amb un mitjó lligat com a pilota, torna a l’èxit. Resultat ajustat, futbol èpic: ha guanyat l’espectacle."

Tau de rec.

lunes, 10 de enero de 2011

Una religión en busca de un Dios


Abro Facebook a las 11 de la noche, unas tres horas más tarde de la entrega del Balón de Oro. Lo ha ganado Leo Messi.

La mayoría de mis contactos, por donde vivo y por el contexto futbolístico actual, son hinchas del Barcelona. Un equipo que hoy es brillante en el césped y que forma con gran cantidad de jóvenes criados en la casa, en la ciudad, en el día a día de eso que, como su lema reza, quiere ser más que un club. En el país y la cultura catalana, quizás. El club, que fue fundado por un suizo y refundado por un holandés, ambos puro carisma, recoge los frutos de su primera revolución con un repunte del rendimiento del método de Cruyff, basado en dos máximas. Una, la estética. Otra, la victoria, que siempre persigue todo hombre. La remontada se gestó desde hace unos diez años y se ha asentado en los últimos tres, en los que el Barcelona se ha convertido en una mezcla perfecta de una compañía de ballet clásico y una tropa de élite. Antes de Cruyff, había sufrido décadas de victimismo gracias al dulce sabor de la derrota. Pero la ingente -y creciente- cantidad de devotos de este club-idea había fechado el día de hoy como aquel en que esos traumas se iban a desvanecer definitivamente.

La mayoría de mis contactos, más allá de tener una opinión u otra, más o menos formada, sobre el nacionalismo, tiene un carné de identidad donde, de momento, se señala que es ciudadano de un estado llamado España. De estos, casi todos -algunos por su buen juego, otros por una mezcla entre eso y un sentimiento de pertenencia: esto es, sumando la excepcionalidad del asunto y los estigmas que se rompían- celebraron el triunfo de la selección española en el pasado Mundial. El gol -todos los goles del equipo en el torneo, de hecho- lo marcó un azulgrana, quizás eso terminó de convencer a muchos de los culés que no siempre se habían decidido a apoyar a La, antaño, Furia; desde hace poco, La Roja. Los otros, los que siempre se desvivieron por aquella Furia y aquella casta, habrían ido igual con España, pero lo hicieron con más fuerza que nunca gracias a un sublime juego de futbolistas de todos los bandos.

Excepto los más anti-culés, todos estaban contentos con el previsto podio del Balón de Oro: un español en primer lugar, otro en el segundo y Leo Messi, el mejor jugador del planeta, en tercer lugar. Él, decían, no había conquistado ni las Américas ni Sudáfrica. Previsto, ¿por quién? Por dos de los estandartes del griposo periodismo deportivo: el italiano y el español. En realidad, por La Gazzeta dello Sport, que anunció unas filtraciones -el podio y su orden- que resultaban, hasta ayer, completamente ciertas. Pero claro, faltaba un orden que, a priori, debía encumbrar a Iniesta, el hombre del Mundial, un futbolista que compartía el honor con otro futbolista eternamente inferior a él, Fabio Cannavaro, de haber sido la bandera de un país fragmentado de repente unido, de un territorio pequeño de repente engrandecido más que nunca.

Aunque entre ambos mapas mediáticos se puede sacar casi una decena de cronistas y analistas superlativos, en los dos países los medios están controlados por cúpulas fanáticas y extremadamente populistas que dirigen los periódicos más leídos de cada país. Uno que sabía mucho de comunicación, de ideologías y prácticamente de todo -fútbol, literatura, gastronomía, vida-, ya avisaba en los albores del nuevo milenio: Los medios eran, cada día más, el segundo poder, sólo superado por el Poderoso Caballero. El fútbol, también dominado por la guita, además del circo y el cloroformo de las masas, ya es la religión de estos tiempos en Europa -y en España en particular-.

Vázquez Montalbán. Lamentablemente, cada vez hay menos como él. Y, a cada día que pasa, tiene más razón.


Por aquí, a todos les hacía una ilusión enorme que Iniesta o Xavi fueran el elegido. Las razones, para todos los gustos: romper traumas tanto para culés como para españolitos, y también para catalanitos. Los primeros, firmaban con cualquiera de los tres. Eso sí, con preferencias, ya que pocos de ellos se libraban de cualquier sentimiento nacionalista -si es que ser culé ya no es, para muchos, hoy en día, un sentimiento nacionalista-: Xavi sería el primer catalán, el primer canterano catalán -y/o español- en ser Balón de Oro. Iniesta, el primer canterano español. Para los que no sienten el azul y el grana, el fantasma que se iba era ese de que, olvidado Luís Suárez, ningún español podía iluminar su país con los pies, siendo el mejor del mundo: como Rafa Nadal, Xavi o Iniesta hubieran brillado a los ojos de todos en tierras extrañas.

Los medios sirvieron razones futbolísticas, que las hay, para los que necesitaran disfrazar sus preferencias ideológicas y no supieran cómo hacerlo. De Xavi, baza más segura hacia la que había que remar: constancia, trayectoria, manejo de los partidos, del balón, comprensión del juego, compañerismo, desgaste, sacrificio, humildad, arte sutil, elegancia, símbolo del juego en equipo. Todo absolutamente cierto. De Iniesta, genio, oportunidad, la misma constancia, el gol que apagó a los fantasmas, arte delicioso, incluso chamanismo -"el hombre que estaba peleado con el astro rey," que decía Pepe Reina-. No menos cierto, como dice Inda. De Messi, básicamente, que era el mejor del mundo. Más goles que nadie, más fuerza que nadie, más arte que nadie, más solidaridad en el campo que nadie, más sutilez que nadie. No había problema en admitirlo. Era el mejor del mundo, pero con el fiasco mundialista de por medio, no había peligro de que arruinara La Noche P(a/à)tria.

(Las razones futbolísticas estaban. Pero no todo el mundo apelaba a ellas antes que al patriotismo. Incluso había quien se guiaba por otros patrones. A mi abuela Enriqueta, que a veces se aburre con tanto verde y pide el mando a distancia, le encanta Xavi. Dice que "aquest nano sempre va amb els ulls oberts com un gripau i el pit enfora". Cuando ve los partidos de la Champions, como con el Champions for Africa, celebra los goles de los dos equipos. Cuando oye Els Segadors o el himno de España, se pone a llorar solo con ver la solemnidad de Artur Mas, vencedor allá en el palco, o de Ramos, mirando al cielo estrellado. Es como una niña pequeña y, creo que por ello, cada vez la quiero más).


Pero, como en realidad ya anunciaban, es el mejor del mundo, y Messi ha ganado.
Gracias a seleccionadores y capitanes: para los periodistas, el genial e inconstante Sneijder hubiera sido el campeón. Iniesta finalmente quedaba segundo, Xavi, tercero. La mayoría de los votantes nunca leyó un Marca, ni tampoco una Gazzetta. No sabrán que Messi deja a España sin Balón de Oro. No tendrán que ver la cara -y la cabeza- torcida de Inda mientras arquea los ojos en aras de esa naturalidad que nunca encuentra cuando sufre una derrota. Porque las sufre de una manera preocupante para la posición social que tiene.

De hecho, ha habido gustos para todos los colores en las votaciones. Capitanes de islas caribeñas que han votado a Puyol como el mejor jugador del mundo, por su aguerrido testarazo, por su poderosa melena, por sus artes como defensa, por su trayectoria, quién sabe. Porteros campeones del mundo que han pedido perdón a un amigo holandés por meter el pie entre él y la Gloria nombrándolo el mejor del mundo. Fanáticos de Xabi Alonso en Zambia, amigos belgas de Cesc Fábregas, capitanes uruguayos rendidos al rival que les robó su sueño, vietnamitas enamorados de Cristiano, camboyanos alucinados con el flaco Özil y tailandeses flipados con el peinado de Villa. Incluso algunos que darán juego, como el patriota Van Bommel, que prefirió el voto nulo antes que reconocer la derrota; olvidos caprichosos de Capello e Ibrahimovic -no creían que Messi mereciera nada- o el repentino paladar de Clemente, ese hombre multipolar que ha querido ir a ver de cerca a los que "se bajan del árbol" y ha votado a los tres culés -o quizás, ha contravotado a sus enemigos madrileños, con él toda sospecha cabe-.

En cualquier caso, han sido mayoría los han votado al que, probablemente, se erige como el mejor jugador de los últimos 20 años de fútbol. Más allá, no puedo juzgar nada, porque yo era un mocoso, un espermatozoide y, antes, nadie. Pero he visto a Ronaldo, a Zidane, a Baggio, a Romario, a Baresi, a Maldini, a Roberto Carlos, a Ronaldinho, a Laudrup, a Bergkamp, a Koeman, a Cristiano, a Henry, a Stoichkov, Figo, Cantona, Rivaldo, Drogba, Gerrard, Rooney, Van Nistelrooy, Robben. Incluso al último Van Basten y al Maradona zombi. Y a muchos otros que seguro que me dejo. Messi quizás solo llegó a ver de refilón algunos vídeos de O Baixinho, L'Enfant Terrible o Il Codino, y eso en el supuesto que despegara sus ojos del balón. Casualidad o no, tiene lo mejor de ellos y más. De hecho, tiene lo mejor de casi todos los arriba citados, y una hemeroteca de goles de mayor duración y belleza que cualquiera de ellos. Y tan sólo 23 años.


Total, que un cúmulo de caras contrariadas e impresiones agridulces pueblan los muros -qué gusto decir hoy esta palabra y que haya sumado esta acepción; qué disgusto que oculte las otras- de muchos de mis amigos de Facebook. "Felicidades, Messi, eres el mejor. Pero yo quería a Xavi". "Yo a Iniesta". Otras, de euforia: "¡Ja!, la selección se queda sin nada, triunfa el Barça (¿triunfa Catalunya?)". Luego Inda -no, no está en mi Facebook-, que parece haber adoctrinado a muchos: "Messi le roba a España el Balón de Oro".

Efectivamente, Messi también roba Balones. Lo tiene todo. Si lo hubiera visto, le hubiera gustado hasta a Borges, que odiaba al fútbol porque advertía su inherente nacionalismo y que, por esa buena razón, se permitió el error de no reparar ni un segundo de su vida en intentar apreciar la belleza estética de ese trote, esa gambeta, ese abuso de velocidad, esa parábola. Pero Messi le hubiera agradado incluso por ser el paradigma que tira al suelo su gran obstáculo hacia el balompié: el mejor jugador del planeta no entiende el nacionalismo. Ama el balón -ese Dios redondo de Villoro-, celebra los goles flotando; no aprieta casi nunca los dientes; sobreinterpreta, casi por compromiso, su pasión por su país de origen (ese adorable país de locos en el que, dulce ironía, nadie ha votado el premio por un desajuste con la organización... ¡si por lo menos hubiera podido votar su D10S!); y ha comido con gusto más jamón y más amb tomàquet que yo, pero no entiende ni a Mas, ni a Laporta, ni a Aznar. Ni le importan. Cuando le dan un premio, su primera reacción es sacar la lengua, aniñado. La segunda, posarse en el atril y musitar cuatro palabras ininteligibles, ignorando que es la estrella de un mundo al que nosotros, el acomplejado mundo laico, hemos recurrido para convertirlo en un nuevo circo decrépito de fes y creencias. U obviándolo. Infinitamente contento, él.

El día-D, la fiesta del fútbol azulgrana, catalán, español, nacional, parece ahora haberse agriado. El final del sueño -como dicen algunos- no ha exterminado ese sufrimiento simbólico de los pueblos empequeñecidos que buscan en el triunfo el sentido de su existencia. Solamente ha desvelado al Dios que anunciaba Vázquez Montalbán. Un Dios pequeño con su juguete redondo para la nueva religión de una sociedad extremista y desaforada que no se da cuenta que, por ejemplo, hoy se ha muerto un poco más el terrorismo.


Tau de Rec.

sábado, 3 de julio de 2010

La ley de la gravedad


El arquero ghanés, Kingston, pecó ayer de mal antropólogo. Enfrente tenía a Sebastián Abreu, un delantero espigado, de cuerpo rayado, pelos de loco y mirada de cuerdo. El duelo era a vida o muerte. Si el juguete Jabulani traspasaba la línea, Uruguay obraba el milagro. Si algo, incluidos Kingston o el propio Abreu, lo impedía, África hacía historia. La historia ya la conocen: Abreu, apodado El Loco, lanzó picando la punta de la bota ligeramente hacia el suelo. El liviano balón dibujó la parábola del que se siente pesado, directo al centro del arco. Kingston se ladeó y cayó sobre su costado derecho. El balón entraba, el truco funcionaba, Uruguay pasaba.

Digo que Kingston no hizo una buena lectura antropológica de la situación. Quizás, si hubiera podido ver por adelantado la celebración de Abreu, hubiera tenido más fácil adivinar la dirección del disparo. El Loco celebró su histórico tanto con una felicidad natural, casi rutinaria. No corrió demasiado -no lo hace ni para tirarse un desmarque-, pero no lo hizo porque a él le bastaba con llegar a la situación: sabía que la solventaría sin problemas. Sin embargo, la clave del festejo estuvo en su posición final: se quedó parado, de pie. Es curioso como los héroes necesitan experimentar la derrota tras cada victoria, y es curioso como suelen optar por dejarse vencer por una de las mayores fuerzas, la de la gravedad, tirándose al pasto. Pero Abreu, como los renegados, como Cantona, no se lanzó al suelo, ni se arrodilló. Estaba por encima del triunfo y de la derrota. Por eso tiró el penal como lo tiró.

Aún así, la lectura antropológica a la que me refiero no es esa, no hacían falta tantas facilidades. Kingston ya pudo ver bastante claro lo que había antes de que se cobrara el penal definitivo. Enfrente suyo, como decíamos, tenía un tipo al que llamaban El Loco. Su cuerpo tatuado dejaba ver a un hombre con credos, con fe, pero con las dudas justas y necesarias. Un hombre lleno de mensajes en el cuerpo es un hombre que necesita recordarlos, porque su valentía o su peligrosa temeridad hacen que los olvide. A todo ello hay que sumarle un componente de exhibicionismo que, dadas las circunstancias, augura siempre algo espectacular.

Su tamaño y la forma de usarlo es otro aspecto a considerar. Un hombre de 1,93 metros, que nunca pasa del trote al galope, es un hombre con cierta seguridad. No le hace falta desatar toda su potencia, incluso puede resultar contraproducente. En el cuerpo a cuerpo con los defensas, prefiere colocarse con tiempo y amagar hacia un lado para darse la vuelta hacia el otro, como el pívot que capta un rebote y liquida a su marca a la media vuelta. Nada de carreras, ni siquiera se excedió en los pasos que tomó para alejarse del balón y contemplar en el arco su futura obra con la mente. Sus brazos no mostraron tensión cuando se apoyaban en sus riñones, ni tampoco cuando se pellizcaba la nariz. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar y cómo iba a hacer que ocurriera.

Y su cara. Ahí estaba todo. Unas facciones construidas a la manera de los halcones o las águilas hablaban por sí solas. La nariz era corta y contundente, y afilada. Las mandíbulas, apretadas y poligonales. Los dientes hasta le daban un aire endemoniado. La barba también era un dibujo expreso, como los de la piel, y recorría las aristas de su rostro con precisión de cirujano. Y los ojos eran colmillos. Fríos, eran los ejes de una cara quizás no de sicario, pero sí de gaucho, de lobo viejo y solitario. Su pelo azabache desafiaba a la Madre Tierra, alargándose y apuntando hacia ella pero nunca tocándola. Desde lo alto de su cabeza, todo desafiaba las leyes de la gravedad, no había motivo para que no hiciera lo mismo con el balón.

El portero africano también adoleció de falta de conocimientos históricos. Primero, antecedentes: No sabía que Antonin Panenka era un checo que se plantó delante del mítico arquero Maier, con la necesidad de anotar desde los once metros. Tenía barba, rasgos duros y una sola idea: hacer algo distinto. Marcó con esa ligera vaselina, dejando tirado a Maier, que también cayó hacia la derecha. Hoy es presidente de un equipo de nombre romántico, el Bohemians de Praga. Siempre estuvo loco.

Luego, conocimientos de épica y de lógica literaria: esto es, lo ilógico, el patetismo. El partido más emocionante, con esa parada del delantero Luís Suárez, con ese otro penal que su compañero Gyan mandó al larguero, ese fatídico último segundo. Con este quinto lanzamiento uruguayo que venía y que podía decidir. Con esos millones de africanos rezando por él, por un portero cuyo apellido seguramente derivaba de algo parecido a La Piedra del Rey, Kingston debía saber que todo se resolvería con algo histórico, no con algo normal. Debía haber hecho honor a su nombre, quedarse de piedra, haber sido el rey.

Más tarde, faltaron conocimientos de la historia personal de su rival: un tipo natural de Lavalleja, paraje uruguayo donde el ciudadano es férreo o férreo, porque sólo puede ser minero, agrícola terroso o un bala perdida. Un tipo que con 25 años había vivido, solo, aventuras en Argentina, México, España y Brasil; un tipo que sólo ha jugado como profesional en su país durante cinco de los dieciséis años de su carrera deportiva. Un jugador torpe con los pies y poco veloz que sobrevive y se alimenta del engaño, de la finta corporal que le permite zafarse de rivales, y de la estabilidad que le dan su alargado cuerpo y su mente hercúlea. Un tipo que iba a jugar a baloncesto pero en su primera pre-selección con la región fue expulsado por haberse corrido una juerga con un tal Víbora. Ese tipo que tenía delante le lanzaría el penal como Jason Kidd tira un tiro libre, suave y con un beso envenenado.

Finalmente, a Kingston le faltaron conocimientos de ciertas filosofías. Seguramente el ghanés era ajeno al taoísmo, que afirma que hay que respetar el equilibrio de la naturaleza y ensalza el valor de la no-acción. El hombre no debe buscar el éxito ni debe huir de la derrota, y sólo será noble y conseguirá una existencia plena cuando pare y no aspire a nada. Cuando decida no hacer, a quedarse inmóvil, el hombre comprenderá al hombre, al mundo, a la naturaleza, comprenderá que está por encima del bien y del mal. Proyectará lo que puede suceder en el vacío, en ese espacio donde deben suceder las cosas, y pasará a ocupar ese espacio. Si no es así, el hombre fallará sin remedio, y sólo en ocasiones en que el azar tenga más fuerza, obtendrá terrenales y excepcionales éxitos. Sin embargo, por lo general, será tumbado por la fuerza de la naturaleza, que lo arrastrará al suelo como hace con las piedras o con el oxígeno. Si Kingston hubiera sido taoísta, seguramente hubiera estado en medio de esa portería para cortar la trayectoria de un balón que se acercaba al suelo. Dudo que Abreu sea taoísta, pero es evidente que algo se nos escapa para comprender su conducta. Todos los locos tienen secretos.

Kingston no miró al hombre, no vio el entorno ni vio el contexto. Sólo vio el Jabulani y una escena en su cabeza. Posiblemente intentó pensar en él, con sus guantes en alto, habiendo parado el balón. Como el héroe. Aunque lo más probable es que no supiera usar el miedo que sentía al fracaso. No se paró a pensar que la cosa no iba de ganar o perder, sino de entender a otro hombre y responderle a tiempo, sin caer a La Tierra. Era un juego de locos, y quizás lo tenía que ganar el loco.



Tau de rec.

miércoles, 30 de junio de 2010

El romántico francés (Jun. 2010)


Francia ha tenido un problema en este Mundial: faltaba el romántico.

Bajo la dirección de un entrenador disparatado, del que se dice que nombraba a sus tripulantes según lo que veía en el firmamento, el navío galo naufragó hace unos días con más vergüenza que remisión. Les Enfants de la Patrie formaban una escuadra desequilibrada con jóvenes valores de la aristocracia, como Gourcuff o Lloris; veloces bajeles aguerridos como Ribéry o Evra y corsarios viejos y acatarrados, como Anelka, Henry o Gallas. Los bleus eran variopintos, pero esta vez faltaba un puesto que no debe quedar vacío en ningún equipo, menos todavía para la tierra de Victor Hugo o Alexandre Dumas. No estaba la única figura que, históricamente, ha podido elevar a Francia por encima de ese asunto de estado que suponen el triunfo y la derrota futbolística. El romántico.

Cabe decir que el fútbol francés reciente estaba mal acostumbrado con los románticos. Cualquier espectador joven podrá recordar:

-A Zidane, el mago de origen argelino que hizo campeona a la Francia del mestizaje con dos goles de cabeza, cuando resultaba ser un artista con los pies. Un tipo que dejó el fútbol con un penal parabólico, mucho sudor y defendiendo a su hermana, también de cabeza. Por supuesto, se retiró con una derrota;

-A Petit, el convocado número 23 de la Francia campeona, un aficionado a los psicotrópicos que ganó el premio del Juego Limpio y del Juego Eterno en el único Mundial que venció la France. Su autobiografía (o sea, él) lo retiró;

-A Thuram, un gigante nacido en Guadalupe y criado en las banlieues, aficionado a la lectura y a la filosofía. No había marcado un gol en su vida hasta que decidió soltar dos zapatazos en unas semifinales que pintaban a derrota de los franceses en su propio terreno. La gente coreaba "Thuram presidente" en las pantallas gigantes colocadas en los Champs Élysées. Una década más tarde, ese central negro de dos metros se retiraba por una malformación en su corazón de unos centímetros. Estuvo vinculado a la política, pero 'su' candidata, Ségolène Royal, cayó en las elecciones a manos de un depredador del área como Sarkozy;

-A Pires, el último mosquetero discutido con el hasta hoy seleccionador Raymond Domenech. Triunfó en la tierra de los odiados ingleses, hasta que llegó a la cima: una final de la Champions, en la que fue sustituido a los veinte minutos por errores ajenos. Optó por un retiro digno en un pueblo de 48.000 habitantes;

-A David Ginola, el predecesor de Pires, también mosquetero, que conquistó a los británicos con su fútbol de guante blanco y su pelo Pantene. Suyo fue el centro con el que, en el minuto 92, Francia perdía la posesión del balón ante Bulgaria. Si nadie marcaba, los galos accedían al Mundial 94, así que nadie se presentó a rematar al área. Suya fue la mirada que observó la recuperación de los búlgaros, su contraataque y el crudo gol de Kostadinov. Nunca volvió a jugar con la selección;

-Incluso a Laurent Blanc, ese central distinguido que acabó brillando en clubes como Barcelona, Inter de Milán o Manchester, y antes no había logrado parar a Kostadinov en la fatídica contra. Todavía unos años antes, llegó al Nápoles sólo cuatro meses después de que Maradona hubiera dado positivo por cocaína por primera vez. Se fue unos días antes de que la sanción del diez expirara. Ya en el glorioso 98, se redimió anotando el gol que valía la vida del país en 'su' torneo. Él, que era educado y nunca habría cogido un fusil, disparó al corazón del arquero más soberbio -en todos los sentidos- que ha pasado por un Mundial, el paraguayo Chilavert. En semifinales vió la roja, y no jugó la final que le coronó.

Pero Francia, créanlo, ha dado varias figuras todavía más románticas que esas. Destacan dos: Michel Platini y Eric Cantona.

El primero es hoy presidente de la UEFA, y tiene más enemigos que nunca. Y se muestra sosegado como siempre. Fue, quizás, el centrocampista más exquisito que haya pisado un terreno de juego, capaz de bajar a recibir el balón a su propio campo, distribuir al toque, conducir, regatear rivales a pares, crear líneas de último pase y buscar la escuadra unas cinco veces por partido. Un revolucionario primero en el Nancy, aplastando a adversarios con presupuestos diez veces mayores; en el Saint Etienne, después, mostrándole a Francia que podía mandar; y en la Juventus, impartiendo clases de esgrima en una liga de tuercebotas, de la que llegó a ser Capocanonniere jugando a veinticinco metros del arco rival. Como dirigente, llegó amenazando a los popes.

Porque, que nadie se engañe, los popes del fútbol hoy son los titanes financieros. Ellos son sus enemigos: tanto las declaraciones de intenciones como las decisiones finales del francés rondan y favorecen al concepto del detalle, de lo pequeño. Nuevas fórmulas en las grandes competiciones, eximir de tarjetas a los jugadores en las rondas finales, etc. Todo ello son cambios de forma, pero no de fondo: como si fuera un entrenador, Platini quiere ver circular el balón. Y, por eso, nunca se calla. Habla de sus favoritos, de los que no le gustan, e interviene si hace falta. Para esta Copa del Mundo, ya afirmó que Francia no le gustaba, que no iba a ganar. Los franceses se le echaron encima. Seguro que alguien se rió de él cuando lo dijo.

Ya se le rieron allá por 1992, cuando trató de convencer a un fornido y rebeldísimo jugador de 26 años de que no se retirara. A aquel jugador lo sancionó por un mes el Comité de Competición francés por lanzar un balón a un árbitro e insultar al público. El jugador reaccionó llamando idiotas a los miembros del Comité, y le cayó otro mes. Y el jugador anunció que se retiraba: leer a Baudelaire era más interesante, y en el mundo del fútbol nadie le había puesto buena cara al saber que era mestizo, inmigrante, hijo de madre catalana y padre de Cerdeña. El futbolista se llamaba Eric Cantona, eterna promesa francesa que se hundía. No creyeron en él ni Guy Roux, ni Henry Michel, ni el mismísimo Franz Beckenbauer.

Pero Michel Platini sí lo hizo.

Para Platini -como para Maradona, el gran romántico del fútbol-, tirar dos caños y romperle la cintura a un rival puede arreglar un cero a cero. Y Cantona sabía hacerlo. Así, Platini -tampoco de origen francés, sino italiano- que en aquel momento era el seleccionador del combinado nacional, convenció a Cantona de que despreciara a su falsa patria y probara suerte en ese territorio hostil al que llamaban 'la cuna del fútbol'. Le apoyó Gerard Houllier, ese profesor de lengua que acabaría llevando a la gloria al romántico Liverpool.

Cantona fue valiente. Probó suerte, ganó ligas, firmó goles antológicos, encaramó al Leeds, llevó la banda de capitán del Manchester, fue el primer heredero digno del 7 de George Best, aprendió inglés a trompicones, propinó insultos a árbitros y patadas a aficionados, pasó por la cárcel y se ganó el sobrenombre de The King.

A los 31 años, cuando todavía se iba por velocidad de prodigios como McManaman y dajaba sentados a valladares como Tony Adams, decidió que se había cansado de competir. Que ya bastaba de fútbol, de vencer y caer derrotado. Se había cansado de jugar.

Ya retirado, combinó su vocación de actor -apareció en Elisabeth, casi a modo de parodia, como embajador francés- con la del juego del balón. Lo hizo con barba y pelo largo, como un náufrago, y como capitán de una banda de canallas que se exhibían en los torneos playeros de verano. En ambos ámbitos, de manera real o figurada, reeditó sus hazañas dignas del arte y del kick boxing.

Platini y Cantona confirmaron la excepción del triunfo y, evidentemente, saborearon el fracaso. El uno, ganó tres Balones de Oro y la Eurocopa del 88, pero se quedó a las puertas del cielo en los Mundiales, casi siempre con un brazalete de revolucionario capitán en su brazo. El segundo fue coherentemente apátrida, como el mejor gitano, y sólo representó a Francia a las órdenes de Platini, en el 92. En el 94 ya era su gran capitán, pero Aime Jacquet decidió que un hombre que celebra los goles desafiando al mundo y que patea la cara a los aficionados de primera fila no podía guiar en un Mundial a la impoluta Francia. Cantona no estuvo en el 94. Francia tampoco.

De todos es sabido que Cantona llegaba de sobras al Mundial de Francia 98. Aime Jacquet, todavía seleccionador, también lo sabía. Incluso el propio Cantona lo sabía. Jacquet no tuvo problemas: su capitán sería el disciplinado Deschamps y sus puntas, unos mediocres Dugarry, Guivarc'h o Oùedec.

Francia ganó, pero no llegó a tiempo para Cantona, que se había cansado de esperar.

En este Mundial, Francia fue mediocre. Los candidatos al romanticismo, el abominable Ribery y el imberbe Gourcuff, lo intentaron, pero no estuvieron a la altura. El primero asomó contra México con un par de desbordes. El segundo estuvo sólo desde el vamos y se arrancó con una falta quilométrica y con un disparo lejano en el primer partido contra Uruguay, pero basta. Luego, ambos se resignaron a soportar la vergüenza y a esperar a que Sarkozy fulminara a Domenech. Y a rezar por que llegara un entrenador romántico.

Ya en el último partido, el juego fue un funeral. El espectáculo estaba en las alturas.

Zidane, en la grada, se sonrojaba.

Petit difamaba por televisión.

Thuram, en la grada, parecía esperárselo.

Pirés y Ginola hacían vida tranquila. En la distancia, aleccionados.

Blanc, en la grada, se postulaba para suceder a Domenech.

Platini ponía una romántica cara de póker. Caño a Francia.

Y Cantona, no se sabe. Uno se lo imagina con un puro, Rousseau, Godard y algún miembro de los Gipsy Kings, tratando de desviar el tema de la conversación lejos del dichoso fútbol.


Tau de Rec.


jueves, 1 de abril de 2010

Justicia poética (2010)


La práctica del fútbol siempre fue una mezcla de tablero de ajedrez y novela-río. Una vez se pisa el verde, una serie de jugadores se olvidan, o no, de las majaderías de la prensa, y salen a jugar. Cada uno tiene sus propias habilidades, es una de las armas de su equipo, y ante todo, cada uno tiene un mundo interior lo suficientemente vasto como para cambiar el curso de la historia. Como todos. Por suerte, el fútbol es todavía un juego, con sus batallas, sus trucos, sus estrategias, sus vías de escape y, sobre todo, sus sentimientos. A veces, hasta es un espectáculo. Ayer se vio, en el coloso Emirates Stadium.

El espectáculo más grande del mundo

Si algún día el fútbol tuviera que terminar su existencia, sería de justicia poética que fuera con el partido de ayer. El encuentro, que nos deja lírica hasta en el hecho que no ha sido definitivo, colmaría las necesidades de cualquier persona a la que le guste el fútbol. Cada uno de sus segundos fue un brillante pasaje de la Ilíada: una guerra romántica como ninguna sobre el papel, pero ante todo histórica por la calidad de su puesta en escena.

En primer lugar, dos generales de aquellos que cabalgaban hacia el ejército rival los primeros mientras llovían flechas. Eran Guardiola y Wenger, ambos movidos por el amor -a un club y a una causa- y el arte, ambos a pecho descubierto, ambos escultores, ambos avanzando con elegancia, labrando un camino que sólo los mejores podrán seguir. En el césped, en cada bando, un enamorado del otro ejército. Aventureros ambos, nadie les exilió, probaron fortuna lejos de casa deseando no tenerla que derrumbar nunca. Cesc y Henry, dos de esos jugadores que se atreverían llorar sobre un campo. Literario, demasiado para ser verdad. O no.

El partido fue de verdad. Y pasará a la historia por la calidad que mostró el Barcelona. Pocos equipos están al alcance de acallar una grada inglesa, siempre luchando a cara de perro, pero ninguno hasta hoy había logrado complacerla tanto siendo el enemigo a batir. Ningún estudio lo va a demostrar, pero el equipo de Guardiola es, a día de hoy, uno de los motivos de felicidad más recurrentes de una sociedad como la española. Su maestría es tal que cualquiera de los detalles que dejan los jugadores barcelonistas valdría para una antología de fútbol. No destaca en el conjunto, por ejemplo, que un malí que siempre fue pieza defensiva maree una y otra vez al lateral derecho opuesto, que un central corte diez balones imposibles antes de ser expulsado, o que un pivote defensivo de Badia haga tres caños y un sombrero en un encuentro. Sin embargo, en cualquier otro equipo sería la noticia del partido. Lo que ayer vimos, y lo que venimos viendo, son palabras mayores.

Pero el partido quedó en empate a 2. Justicia poética. Cuando peor estaba el Arsenal, que sufría un goteo de pérdidas de balón y efectivos preocupante, apareció la pieza de ajedrez con quien nadie contaba. Fue la única que hizo suyo al rey barcelonista, que no es otro que el balón. Walcott fue el mejor alfil, el único que deshizo el enroque de los culés. El monarca inglés, paradójicamente, era catalán, y tuvo tanto de epopeya el partido, que el capitán del Arsenal murió matando. Privando al Barcelona de sus dos torres para el partido de vuelta, y dando, desde los once metros, un equilibrio que parecía imposible 15 minutos antes, cuando la obra de arte era tan exquisita que producía vértigo. Se acababa la temporada para Cesc, todo por un honor irracional que puede acabar pagando, pero su fácil gol elevaba la categoría del partido al mito.

Tras el pitido final, todos los allí presentes se dieron cuenta de que habían parido un milagro del fútbol. Todo el mundo se había enamorado de ese partido. Guardiola dijo que era el mejor que había hecho su hexacampeón equipo desde que él llegó. Wenger calificó el partido de "muy bello", y el juego del Barcelona de "increíble". Puyol, que había sido expulsado por Massimo Bussaca -suizo, neutral; pero nervioso, persona-, fue más allá, al afirmar que era lo mejor que había podido jugar en su carrera. El revolucionario Walcott salía con los ojos como platos, pensando no en su gol sino en el juego de los culés: "fabuloso, absolutamente enriquecedor", comentó.

Las bajas de Cesc, Gallas y Arshavin pueden privar al Arsenal de cualquier título. Las de Puyol y Piqué, al Barcelona de su segunda Champions consecutiva. Pero no importaba, se había presenciado una maravilla, un caos de sentimientos y galopadas entremezclados y perfectamente desatados. Desde la rabia de Zlatan hasta la emoción de Henry, pasando por la fe de Walcott o el sufrimiento de Almunia, cada uno de los protagonistas aportaron un punto de vista único que creaba una historia brillante, llena de giros, de luces y de sombras, de momentos de éxtasis y dolor. Al final, el marcador reflejaba el equilibrio de lo bueno y lo malo de cada equipo. Fue el mayor espectáculo del mundo porque, más allá del poder, el dinero y la prensa; se habían enfrentado dos equipos libres de odio que convirtieron aquel espacio en una fiesta memorable a fuerza de admirarse mutuamente. Pareciera que los pilares de un mundo utópico, imperfecto pero feliz, se habían inventado en aquel juego que acababa de terminar.


Tau de rec.