sábado, 3 de julio de 2010

La ley de la gravedad


El arquero ghanés, Kingston, pecó ayer de mal antropólogo. Enfrente tenía a Sebastián Abreu, un delantero espigado, de cuerpo rayado, pelos de loco y mirada de cuerdo. El duelo era a vida o muerte. Si el juguete Jabulani traspasaba la línea, Uruguay obraba el milagro. Si algo, incluidos Kingston o el propio Abreu, lo impedía, África hacía historia. La historia ya la conocen: Abreu, apodado El Loco, lanzó picando la punta de la bota ligeramente hacia el suelo. El liviano balón dibujó la parábola del que se siente pesado, directo al centro del arco. Kingston se ladeó y cayó sobre su costado derecho. El balón entraba, el truco funcionaba, Uruguay pasaba.

Digo que Kingston no hizo una buena lectura antropológica de la situación. Quizás, si hubiera podido ver por adelantado la celebración de Abreu, hubiera tenido más fácil adivinar la dirección del disparo. El Loco celebró su histórico tanto con una felicidad natural, casi rutinaria. No corrió demasiado -no lo hace ni para tirarse un desmarque-, pero no lo hizo porque a él le bastaba con llegar a la situación: sabía que la solventaría sin problemas. Sin embargo, la clave del festejo estuvo en su posición final: se quedó parado, de pie. Es curioso como los héroes necesitan experimentar la derrota tras cada victoria, y es curioso como suelen optar por dejarse vencer por una de las mayores fuerzas, la de la gravedad, tirándose al pasto. Pero Abreu, como los renegados, como Cantona, no se lanzó al suelo, ni se arrodilló. Estaba por encima del triunfo y de la derrota. Por eso tiró el penal como lo tiró.

Aún así, la lectura antropológica a la que me refiero no es esa, no hacían falta tantas facilidades. Kingston ya pudo ver bastante claro lo que había antes de que se cobrara el penal definitivo. Enfrente suyo, como decíamos, tenía un tipo al que llamaban El Loco. Su cuerpo tatuado dejaba ver a un hombre con credos, con fe, pero con las dudas justas y necesarias. Un hombre lleno de mensajes en el cuerpo es un hombre que necesita recordarlos, porque su valentía o su peligrosa temeridad hacen que los olvide. A todo ello hay que sumarle un componente de exhibicionismo que, dadas las circunstancias, augura siempre algo espectacular.

Su tamaño y la forma de usarlo es otro aspecto a considerar. Un hombre de 1,93 metros, que nunca pasa del trote al galope, es un hombre con cierta seguridad. No le hace falta desatar toda su potencia, incluso puede resultar contraproducente. En el cuerpo a cuerpo con los defensas, prefiere colocarse con tiempo y amagar hacia un lado para darse la vuelta hacia el otro, como el pívot que capta un rebote y liquida a su marca a la media vuelta. Nada de carreras, ni siquiera se excedió en los pasos que tomó para alejarse del balón y contemplar en el arco su futura obra con la mente. Sus brazos no mostraron tensión cuando se apoyaban en sus riñones, ni tampoco cuando se pellizcaba la nariz. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar y cómo iba a hacer que ocurriera.

Y su cara. Ahí estaba todo. Unas facciones construidas a la manera de los halcones o las águilas hablaban por sí solas. La nariz era corta y contundente, y afilada. Las mandíbulas, apretadas y poligonales. Los dientes hasta le daban un aire endemoniado. La barba también era un dibujo expreso, como los de la piel, y recorría las aristas de su rostro con precisión de cirujano. Y los ojos eran colmillos. Fríos, eran los ejes de una cara quizás no de sicario, pero sí de gaucho, de lobo viejo y solitario. Su pelo azabache desafiaba a la Madre Tierra, alargándose y apuntando hacia ella pero nunca tocándola. Desde lo alto de su cabeza, todo desafiaba las leyes de la gravedad, no había motivo para que no hiciera lo mismo con el balón.

El portero africano también adoleció de falta de conocimientos históricos. Primero, antecedentes: No sabía que Antonin Panenka era un checo que se plantó delante del mítico arquero Maier, con la necesidad de anotar desde los once metros. Tenía barba, rasgos duros y una sola idea: hacer algo distinto. Marcó con esa ligera vaselina, dejando tirado a Maier, que también cayó hacia la derecha. Hoy es presidente de un equipo de nombre romántico, el Bohemians de Praga. Siempre estuvo loco.

Luego, conocimientos de épica y de lógica literaria: esto es, lo ilógico, el patetismo. El partido más emocionante, con esa parada del delantero Luís Suárez, con ese otro penal que su compañero Gyan mandó al larguero, ese fatídico último segundo. Con este quinto lanzamiento uruguayo que venía y que podía decidir. Con esos millones de africanos rezando por él, por un portero cuyo apellido seguramente derivaba de algo parecido a La Piedra del Rey, Kingston debía saber que todo se resolvería con algo histórico, no con algo normal. Debía haber hecho honor a su nombre, quedarse de piedra, haber sido el rey.

Más tarde, faltaron conocimientos de la historia personal de su rival: un tipo natural de Lavalleja, paraje uruguayo donde el ciudadano es férreo o férreo, porque sólo puede ser minero, agrícola terroso o un bala perdida. Un tipo que con 25 años había vivido, solo, aventuras en Argentina, México, España y Brasil; un tipo que sólo ha jugado como profesional en su país durante cinco de los dieciséis años de su carrera deportiva. Un jugador torpe con los pies y poco veloz que sobrevive y se alimenta del engaño, de la finta corporal que le permite zafarse de rivales, y de la estabilidad que le dan su alargado cuerpo y su mente hercúlea. Un tipo que iba a jugar a baloncesto pero en su primera pre-selección con la región fue expulsado por haberse corrido una juerga con un tal Víbora. Ese tipo que tenía delante le lanzaría el penal como Jason Kidd tira un tiro libre, suave y con un beso envenenado.

Finalmente, a Kingston le faltaron conocimientos de ciertas filosofías. Seguramente el ghanés era ajeno al taoísmo, que afirma que hay que respetar el equilibrio de la naturaleza y ensalza el valor de la no-acción. El hombre no debe buscar el éxito ni debe huir de la derrota, y sólo será noble y conseguirá una existencia plena cuando pare y no aspire a nada. Cuando decida no hacer, a quedarse inmóvil, el hombre comprenderá al hombre, al mundo, a la naturaleza, comprenderá que está por encima del bien y del mal. Proyectará lo que puede suceder en el vacío, en ese espacio donde deben suceder las cosas, y pasará a ocupar ese espacio. Si no es así, el hombre fallará sin remedio, y sólo en ocasiones en que el azar tenga más fuerza, obtendrá terrenales y excepcionales éxitos. Sin embargo, por lo general, será tumbado por la fuerza de la naturaleza, que lo arrastrará al suelo como hace con las piedras o con el oxígeno. Si Kingston hubiera sido taoísta, seguramente hubiera estado en medio de esa portería para cortar la trayectoria de un balón que se acercaba al suelo. Dudo que Abreu sea taoísta, pero es evidente que algo se nos escapa para comprender su conducta. Todos los locos tienen secretos.

Kingston no miró al hombre, no vio el entorno ni vio el contexto. Sólo vio el Jabulani y una escena en su cabeza. Posiblemente intentó pensar en él, con sus guantes en alto, habiendo parado el balón. Como el héroe. Aunque lo más probable es que no supiera usar el miedo que sentía al fracaso. No se paró a pensar que la cosa no iba de ganar o perder, sino de entender a otro hombre y responderle a tiempo, sin caer a La Tierra. Era un juego de locos, y quizás lo tenía que ganar el loco.



Tau de rec.

miércoles, 30 de junio de 2010

El romántico francés (Jun. 2010)


Francia ha tenido un problema en este Mundial: faltaba el romántico.

Bajo la dirección de un entrenador disparatado, del que se dice que nombraba a sus tripulantes según lo que veía en el firmamento, el navío galo naufragó hace unos días con más vergüenza que remisión. Les Enfants de la Patrie formaban una escuadra desequilibrada con jóvenes valores de la aristocracia, como Gourcuff o Lloris; veloces bajeles aguerridos como Ribéry o Evra y corsarios viejos y acatarrados, como Anelka, Henry o Gallas. Los bleus eran variopintos, pero esta vez faltaba un puesto que no debe quedar vacío en ningún equipo, menos todavía para la tierra de Victor Hugo o Alexandre Dumas. No estaba la única figura que, históricamente, ha podido elevar a Francia por encima de ese asunto de estado que suponen el triunfo y la derrota futbolística. El romántico.

Cabe decir que el fútbol francés reciente estaba mal acostumbrado con los románticos. Cualquier espectador joven podrá recordar:

-A Zidane, el mago de origen argelino que hizo campeona a la Francia del mestizaje con dos goles de cabeza, cuando resultaba ser un artista con los pies. Un tipo que dejó el fútbol con un penal parabólico, mucho sudor y defendiendo a su hermana, también de cabeza. Por supuesto, se retiró con una derrota;

-A Petit, el convocado número 23 de la Francia campeona, un aficionado a los psicotrópicos que ganó el premio del Juego Limpio y del Juego Eterno en el único Mundial que venció la France. Su autobiografía (o sea, él) lo retiró;

-A Thuram, un gigante nacido en Guadalupe y criado en las banlieues, aficionado a la lectura y a la filosofía. No había marcado un gol en su vida hasta que decidió soltar dos zapatazos en unas semifinales que pintaban a derrota de los franceses en su propio terreno. La gente coreaba "Thuram presidente" en las pantallas gigantes colocadas en los Champs Élysées. Una década más tarde, ese central negro de dos metros se retiraba por una malformación en su corazón de unos centímetros. Estuvo vinculado a la política, pero 'su' candidata, Ségolène Royal, cayó en las elecciones a manos de un depredador del área como Sarkozy;

-A Pires, el último mosquetero discutido con el hasta hoy seleccionador Raymond Domenech. Triunfó en la tierra de los odiados ingleses, hasta que llegó a la cima: una final de la Champions, en la que fue sustituido a los veinte minutos por errores ajenos. Optó por un retiro digno en un pueblo de 48.000 habitantes;

-A David Ginola, el predecesor de Pires, también mosquetero, que conquistó a los británicos con su fútbol de guante blanco y su pelo Pantene. Suyo fue el centro con el que, en el minuto 92, Francia perdía la posesión del balón ante Bulgaria. Si nadie marcaba, los galos accedían al Mundial 94, así que nadie se presentó a rematar al área. Suya fue la mirada que observó la recuperación de los búlgaros, su contraataque y el crudo gol de Kostadinov. Nunca volvió a jugar con la selección;

-Incluso a Laurent Blanc, ese central distinguido que acabó brillando en clubes como Barcelona, Inter de Milán o Manchester, y antes no había logrado parar a Kostadinov en la fatídica contra. Todavía unos años antes, llegó al Nápoles sólo cuatro meses después de que Maradona hubiera dado positivo por cocaína por primera vez. Se fue unos días antes de que la sanción del diez expirara. Ya en el glorioso 98, se redimió anotando el gol que valía la vida del país en 'su' torneo. Él, que era educado y nunca habría cogido un fusil, disparó al corazón del arquero más soberbio -en todos los sentidos- que ha pasado por un Mundial, el paraguayo Chilavert. En semifinales vió la roja, y no jugó la final que le coronó.

Pero Francia, créanlo, ha dado varias figuras todavía más románticas que esas. Destacan dos: Michel Platini y Eric Cantona.

El primero es hoy presidente de la UEFA, y tiene más enemigos que nunca. Y se muestra sosegado como siempre. Fue, quizás, el centrocampista más exquisito que haya pisado un terreno de juego, capaz de bajar a recibir el balón a su propio campo, distribuir al toque, conducir, regatear rivales a pares, crear líneas de último pase y buscar la escuadra unas cinco veces por partido. Un revolucionario primero en el Nancy, aplastando a adversarios con presupuestos diez veces mayores; en el Saint Etienne, después, mostrándole a Francia que podía mandar; y en la Juventus, impartiendo clases de esgrima en una liga de tuercebotas, de la que llegó a ser Capocanonniere jugando a veinticinco metros del arco rival. Como dirigente, llegó amenazando a los popes.

Porque, que nadie se engañe, los popes del fútbol hoy son los titanes financieros. Ellos son sus enemigos: tanto las declaraciones de intenciones como las decisiones finales del francés rondan y favorecen al concepto del detalle, de lo pequeño. Nuevas fórmulas en las grandes competiciones, eximir de tarjetas a los jugadores en las rondas finales, etc. Todo ello son cambios de forma, pero no de fondo: como si fuera un entrenador, Platini quiere ver circular el balón. Y, por eso, nunca se calla. Habla de sus favoritos, de los que no le gustan, e interviene si hace falta. Para esta Copa del Mundo, ya afirmó que Francia no le gustaba, que no iba a ganar. Los franceses se le echaron encima. Seguro que alguien se rió de él cuando lo dijo.

Ya se le rieron allá por 1992, cuando trató de convencer a un fornido y rebeldísimo jugador de 26 años de que no se retirara. A aquel jugador lo sancionó por un mes el Comité de Competición francés por lanzar un balón a un árbitro e insultar al público. El jugador reaccionó llamando idiotas a los miembros del Comité, y le cayó otro mes. Y el jugador anunció que se retiraba: leer a Baudelaire era más interesante, y en el mundo del fútbol nadie le había puesto buena cara al saber que era mestizo, inmigrante, hijo de madre catalana y padre de Cerdeña. El futbolista se llamaba Eric Cantona, eterna promesa francesa que se hundía. No creyeron en él ni Guy Roux, ni Henry Michel, ni el mismísimo Franz Beckenbauer.

Pero Michel Platini sí lo hizo.

Para Platini -como para Maradona, el gran romántico del fútbol-, tirar dos caños y romperle la cintura a un rival puede arreglar un cero a cero. Y Cantona sabía hacerlo. Así, Platini -tampoco de origen francés, sino italiano- que en aquel momento era el seleccionador del combinado nacional, convenció a Cantona de que despreciara a su falsa patria y probara suerte en ese territorio hostil al que llamaban 'la cuna del fútbol'. Le apoyó Gerard Houllier, ese profesor de lengua que acabaría llevando a la gloria al romántico Liverpool.

Cantona fue valiente. Probó suerte, ganó ligas, firmó goles antológicos, encaramó al Leeds, llevó la banda de capitán del Manchester, fue el primer heredero digno del 7 de George Best, aprendió inglés a trompicones, propinó insultos a árbitros y patadas a aficionados, pasó por la cárcel y se ganó el sobrenombre de The King.

A los 31 años, cuando todavía se iba por velocidad de prodigios como McManaman y dajaba sentados a valladares como Tony Adams, decidió que se había cansado de competir. Que ya bastaba de fútbol, de vencer y caer derrotado. Se había cansado de jugar.

Ya retirado, combinó su vocación de actor -apareció en Elisabeth, casi a modo de parodia, como embajador francés- con la del juego del balón. Lo hizo con barba y pelo largo, como un náufrago, y como capitán de una banda de canallas que se exhibían en los torneos playeros de verano. En ambos ámbitos, de manera real o figurada, reeditó sus hazañas dignas del arte y del kick boxing.

Platini y Cantona confirmaron la excepción del triunfo y, evidentemente, saborearon el fracaso. El uno, ganó tres Balones de Oro y la Eurocopa del 88, pero se quedó a las puertas del cielo en los Mundiales, casi siempre con un brazalete de revolucionario capitán en su brazo. El segundo fue coherentemente apátrida, como el mejor gitano, y sólo representó a Francia a las órdenes de Platini, en el 92. En el 94 ya era su gran capitán, pero Aime Jacquet decidió que un hombre que celebra los goles desafiando al mundo y que patea la cara a los aficionados de primera fila no podía guiar en un Mundial a la impoluta Francia. Cantona no estuvo en el 94. Francia tampoco.

De todos es sabido que Cantona llegaba de sobras al Mundial de Francia 98. Aime Jacquet, todavía seleccionador, también lo sabía. Incluso el propio Cantona lo sabía. Jacquet no tuvo problemas: su capitán sería el disciplinado Deschamps y sus puntas, unos mediocres Dugarry, Guivarc'h o Oùedec.

Francia ganó, pero no llegó a tiempo para Cantona, que se había cansado de esperar.

En este Mundial, Francia fue mediocre. Los candidatos al romanticismo, el abominable Ribery y el imberbe Gourcuff, lo intentaron, pero no estuvieron a la altura. El primero asomó contra México con un par de desbordes. El segundo estuvo sólo desde el vamos y se arrancó con una falta quilométrica y con un disparo lejano en el primer partido contra Uruguay, pero basta. Luego, ambos se resignaron a soportar la vergüenza y a esperar a que Sarkozy fulminara a Domenech. Y a rezar por que llegara un entrenador romántico.

Ya en el último partido, el juego fue un funeral. El espectáculo estaba en las alturas.

Zidane, en la grada, se sonrojaba.

Petit difamaba por televisión.

Thuram, en la grada, parecía esperárselo.

Pirés y Ginola hacían vida tranquila. En la distancia, aleccionados.

Blanc, en la grada, se postulaba para suceder a Domenech.

Platini ponía una romántica cara de póker. Caño a Francia.

Y Cantona, no se sabe. Uno se lo imagina con un puro, Rousseau, Godard y algún miembro de los Gipsy Kings, tratando de desviar el tema de la conversación lejos del dichoso fútbol.


Tau de Rec.


jueves, 1 de abril de 2010

Justicia poética (2010)


La práctica del fútbol siempre fue una mezcla de tablero de ajedrez y novela-río. Una vez se pisa el verde, una serie de jugadores se olvidan, o no, de las majaderías de la prensa, y salen a jugar. Cada uno tiene sus propias habilidades, es una de las armas de su equipo, y ante todo, cada uno tiene un mundo interior lo suficientemente vasto como para cambiar el curso de la historia. Como todos. Por suerte, el fútbol es todavía un juego, con sus batallas, sus trucos, sus estrategias, sus vías de escape y, sobre todo, sus sentimientos. A veces, hasta es un espectáculo. Ayer se vio, en el coloso Emirates Stadium.

El espectáculo más grande del mundo

Si algún día el fútbol tuviera que terminar su existencia, sería de justicia poética que fuera con el partido de ayer. El encuentro, que nos deja lírica hasta en el hecho que no ha sido definitivo, colmaría las necesidades de cualquier persona a la que le guste el fútbol. Cada uno de sus segundos fue un brillante pasaje de la Ilíada: una guerra romántica como ninguna sobre el papel, pero ante todo histórica por la calidad de su puesta en escena.

En primer lugar, dos generales de aquellos que cabalgaban hacia el ejército rival los primeros mientras llovían flechas. Eran Guardiola y Wenger, ambos movidos por el amor -a un club y a una causa- y el arte, ambos a pecho descubierto, ambos escultores, ambos avanzando con elegancia, labrando un camino que sólo los mejores podrán seguir. En el césped, en cada bando, un enamorado del otro ejército. Aventureros ambos, nadie les exilió, probaron fortuna lejos de casa deseando no tenerla que derrumbar nunca. Cesc y Henry, dos de esos jugadores que se atreverían llorar sobre un campo. Literario, demasiado para ser verdad. O no.

El partido fue de verdad. Y pasará a la historia por la calidad que mostró el Barcelona. Pocos equipos están al alcance de acallar una grada inglesa, siempre luchando a cara de perro, pero ninguno hasta hoy había logrado complacerla tanto siendo el enemigo a batir. Ningún estudio lo va a demostrar, pero el equipo de Guardiola es, a día de hoy, uno de los motivos de felicidad más recurrentes de una sociedad como la española. Su maestría es tal que cualquiera de los detalles que dejan los jugadores barcelonistas valdría para una antología de fútbol. No destaca en el conjunto, por ejemplo, que un malí que siempre fue pieza defensiva maree una y otra vez al lateral derecho opuesto, que un central corte diez balones imposibles antes de ser expulsado, o que un pivote defensivo de Badia haga tres caños y un sombrero en un encuentro. Sin embargo, en cualquier otro equipo sería la noticia del partido. Lo que ayer vimos, y lo que venimos viendo, son palabras mayores.

Pero el partido quedó en empate a 2. Justicia poética. Cuando peor estaba el Arsenal, que sufría un goteo de pérdidas de balón y efectivos preocupante, apareció la pieza de ajedrez con quien nadie contaba. Fue la única que hizo suyo al rey barcelonista, que no es otro que el balón. Walcott fue el mejor alfil, el único que deshizo el enroque de los culés. El monarca inglés, paradójicamente, era catalán, y tuvo tanto de epopeya el partido, que el capitán del Arsenal murió matando. Privando al Barcelona de sus dos torres para el partido de vuelta, y dando, desde los once metros, un equilibrio que parecía imposible 15 minutos antes, cuando la obra de arte era tan exquisita que producía vértigo. Se acababa la temporada para Cesc, todo por un honor irracional que puede acabar pagando, pero su fácil gol elevaba la categoría del partido al mito.

Tras el pitido final, todos los allí presentes se dieron cuenta de que habían parido un milagro del fútbol. Todo el mundo se había enamorado de ese partido. Guardiola dijo que era el mejor que había hecho su hexacampeón equipo desde que él llegó. Wenger calificó el partido de "muy bello", y el juego del Barcelona de "increíble". Puyol, que había sido expulsado por Massimo Bussaca -suizo, neutral; pero nervioso, persona-, fue más allá, al afirmar que era lo mejor que había podido jugar en su carrera. El revolucionario Walcott salía con los ojos como platos, pensando no en su gol sino en el juego de los culés: "fabuloso, absolutamente enriquecedor", comentó.

Las bajas de Cesc, Gallas y Arshavin pueden privar al Arsenal de cualquier título. Las de Puyol y Piqué, al Barcelona de su segunda Champions consecutiva. Pero no importaba, se había presenciado una maravilla, un caos de sentimientos y galopadas entremezclados y perfectamente desatados. Desde la rabia de Zlatan hasta la emoción de Henry, pasando por la fe de Walcott o el sufrimiento de Almunia, cada uno de los protagonistas aportaron un punto de vista único que creaba una historia brillante, llena de giros, de luces y de sombras, de momentos de éxtasis y dolor. Al final, el marcador reflejaba el equilibrio de lo bueno y lo malo de cada equipo. Fue el mayor espectáculo del mundo porque, más allá del poder, el dinero y la prensa; se habían enfrentado dos equipos libres de odio que convirtieron aquel espacio en una fiesta memorable a fuerza de admirarse mutuamente. Pareciera que los pilares de un mundo utópico, imperfecto pero feliz, se habían inventado en aquel juego que acababa de terminar.


Tau de rec.